Mientras la industria asume que el vehículo eléctrico es un producto de consumo con fecha de caducidad, Rolls-Royce plantea el Spectre como un activo intergeneracional
La transición al vehículo eléctrico ha traído consigo un fantasma que aterra a los puristas y coleccionistas: la caducidad tecnológica. Si un motor V12 puede restaurarse un siglo después, ¿qué pasará con un coche a baterías cuando sus celdas mueran y el software quede obsoleto? Rolls-Royce parece haber encontrado la respuesta con el Spectre, un vehículo que no se ha concebido como un producto tecnológico de transición, sino como una pieza de herencia.
En su primer año completo en el mercado, el Spectre ha superado los registros iniciales de modelos térmicos como el Wraith y el Dawn, convirtiéndose en el segundo Rolls-Royce más demandado a nivel mundial en 2025. El mercado ha dictado sentencia: el cliente de la marca en Goodwood no compra un medio de transporte, adquiere un activo emocional a largo plazo.
El antídoto contra la degradación
Para justificar la condición de clásico futuro, el diseño atemporal —marcado por la silueta fastback, las puertas Starlight y la parrilla iluminada — no es suficiente. El verdadero reto es mecánico.

Rolls-Royce sometió al Spectre a un programa de pruebas de 2,5 millones de kilómetros, el más severo de su historia. Los datos técnicos que arroja la firma son reveladores: un prototipo recientemente retirado conservaba el 99% de la capacidad de su batería tras superar los 100.000 kilómetros en condiciones reales y climas extremos.
Sin embargo, el movimiento corporativo más audaz para tranquilizar a los coleccionistas es su cobertura legal y logística. Rolls-Royce respalda el Spectre con una garantía de batería de 15 años sin límite de kilometraje y, lo que es más importante en términos de coleccionismo, asegura el suministro de celdas de repuesto más allá de mediados de siglo. Es la materialización técnica de una profecía que el propio Charles Rolls formuló en el año 1900 sobre el potencial de la electricidad en el automóvil.
El Ghost «Gamer»: La nueva aristocracia del motor
Si el Spectre asegura la perdurabilidad del hardware, la división Bespoke de Rolls-Royce se encarga de conectar con los códigos culturales de las nuevas fortunas. El ejemplo paradigmático es el reciente Ghost «Gamer», una edición única que rinde homenaje a la cultura Arcade de los años setenta y ochenta.
Atrás quedaron las incrustaciones de maderas nobles tradicionales. Este Ghost luce una carrocería bitono (Salamanca Blue y Crystal sobre Diamond Black) adornada por un motivo «Cheeky Alien» pintado meticulosamente a mano, compuesto por 89 píxeles individuales. En el habitáculo, las superficies Technical Fibre muestran escenas espaciales y «huecos de pascua» ocultos.

El icónico techo estrellado (Starlight Headliner) se ha reprogramado para actuar como un «Pixel Blaster», simulando disparos láser y naves con fibra óptica. Es un ejercicio de nostalgia retro-digital que demuestra cómo la línea Black Badge está redefiniendo el lujo para una generación que creció con los videojuegos en lugar de en los clubes de campo tradicionales.
