Robert Duvall: El día que el jefe de equipo colgó la radio

Robert Duvall: El día que el jefe de equipo colgó la radio

Se ha ido el ‘consigliere’ de los Corleone y el teniente del olor a napalm, pero en esta casa despedimos a Harry Hogge, el hombre que nos enseñó que los neumáticos son el único contacto con la realidad y que «chapa con chapa es competir»

Robert Duvall ha fallecido a los 95 años en su casa de Virginia. Hollywood llora al titán que ganó un Oscar y robó escenas en El Padrino y Apocalypse Now. Sin embargo, para los que tenemos gasolina en las venas, su marcha tiene un sabor distinto: se ha ido el mentor definitivo, la voz de la experiencia en la radio y uno de los pocos actores del método que entendió de verdad la mística del automovilismo.

El hombre que susurraba a los NASCAR

Si hay un papel que justifica su lugar en el Olimpo de Car, es el de Harry Hogge en Días de Trueno (1990). En una película que podría haberse quedado en un «Top Gun sobre ruedas», Duvall aportó una gravedad y una sabiduría mecánica que trascendía el guion.

El legendario Harry Hogge fue interpretado por Robert Duvall Sensacine
El legendario Harry Hogge fue interpretado por Robert Duvall Sensacine

Su personaje no era ficción pura; estaba basado en el legendario jefe de equipo Harry Hyde. Duvall no se limitó a recitar frases; canalizó la obsesión técnica de la NASCAR. Nos regaló diálogos que hoy son doctrina en los paddocks, como aquella lección sobre el desgaste de los neumáticos o la gestión de la ira del piloto. Cuando Harry Hogge le decía a Cole Trickle (Tom Cruise) aquello de «No puedes entrar en boxes cada vez que te enfadas», no hablaba solo de estrategia de carrera, hablaba de la psicología necesaria para domar una bestia de 700 caballos.

Harry Hogge nos enseñó a construir un coche desde cero para ganar, pero sobre todo, nos enseñó a respetar la máquina.

De jefe de equipo a ladrón de guante blanco

Una década después, Robert Duvall volvió a ponerse al volante —metafóricamente— en 60 Segundos (2000). Como Otto Halliwell, se convirtió en el patriarca de una banda de ladrones de coches que operaba con la precisión de un equipo de F1.

Mientras Nicolas Cage ponía la acción, Duvall ponía el alma. Su personaje era el vínculo con la vieja escuela, el tipo que podía diagnosticar un fallo de motor solo con el oído y que trataba a un Mustang Shelby GT500 (‘Eleanor’) no como un objeto, sino como una obra de arte con temperamento. Incluso en una cinta de acción palomitera, Duvall lograba que la grasa en las manos pareciera algo noble.

Pasión real por el octanaje

Lo que muchos no saben es que la conexión de Duvall con el motor no terminaba cuando el director gritaba «corten». Lejos de los focos, era un entusiasta genuino que llegó a mancharse de polvo en la Baja 500, una de las pruebas off-road más duras del planeta, demostrando que su dureza en pantalla no era impostada.

La relación de Duvall con el motor va más allá de su profesión Facebook

Su estatus como icono del motor fue reconocido en la catedral de la velocidad americana: el Indianapolis Motor Speedway. Duvall tuvo el honor de conducir el Pace Car en las 500 Millas de Indianápolis en tres ocasiones, un privilegio reservado solo a aquellos que entienden y respetan la cultura del motorsport.

Robert Duvall ha cruzado la última meta. Nos deja un legado de cine inigualable, pero en nuestra retina siempre quedará esa imagen suya en el muro de boxes, con los cascos puestos, calculando el consumo de combustible y recordándonos que, al final, correr es controlar lo incontrolable.

Descansa en paz, Harry. La pista es tuya.