He aquí nuestros argumentos para derretirse por el mayor —y menos predecible— fabricante de coches del mundo, del Hilux a Le Mans.
1. El Land Cruiser es el rey de los 4×4

Si quieres entender qué tiene de especial el Land Cruiser, basta con preguntar. No tardarás en obtener respuestas.
Como aquel conductor de grúa que me advirtió que no me metiera en la propiedad de un viejo Land Rover a medias: “Es un compromiso enorme. Si quieres una vida fácil, compra un Land Cruiser”.
O aquella vez, perdido por los campos de España, cuando unos motoristas de enduro me llevaron en un Land Cruiser que usaban como vehículo de apoyo.

Nunca lo lavaban, nunca lo mantenían y rara vez siquiera le echaban combustible. Cuando les pregunté qué tal era vivir con él, se quedaron ojipláticos, como si les hubiera preguntado si la gravedad funcionaba bien en esa parte del mundo.
Y luego estuvo aquella vez en que Sir Jim Ratcliffe, en la presentación del Grenadier, encontró defectos en todos los 4×4 para conducir en África: demasiado aburridos, poco fiables, con un confort de marcha terrible. ¿Y el Land Cruiser? “Aspecto normalito y no es el vehículo más cómodo, pero una fiabilidad fabulosa”. Con eso bastó. Vendido.
2. Les encanta romper cosas
Todo el mundo prueba, y prueba duro, pero Toyota lleva mucho tiempo yendo mucho más allá. Ahí están las pruebas de resistencia a fondo durante varios días del 2000GT en los años sesenta.

Y sigue haciéndolo hoy, destrozando cosas en nombre del progreso. “El proceso es simple”, dice Bart Eelen, jefe de competición de GR. “Desarrollamos, competimos, rompemos y luego encontramos soluciones. Se llama Kaizen: el ciclo de mejora continua”.
Un ejemplo claro es la nueva familia de motores que Toyota usará en todo tipo de coches, no solo en modelos deportivos.

Durante su desarrollo, la marca ha estado machacando prototipos hasta hacerlos papilla en el campeonato Super Taikyu, mucho antes de que esos motores lleguen a los coches de producción. “Eso es algo que Akio Toyoda introdujo en la empresa”, añade Eelen. “Antes Toyota no pensaba así”.
3. Sin el Corolla AE86, no habría drifting
Aunque el arte de ir de lado ya se apreciaba mucho antes de que Toyota produjera el Corolla AE86 en 1983, este coche fue clave para popularizarlo, del mismo modo que resulta imposible imaginar el overlanding sin el Land Rover.

En manos de Keiichi Tsuchiya, el pequeño y cuadrado Corolla derrotaba en circuito a Skyline mucho más potentes, superándolos en paso por curva mientras bailaba más allá del límite de adherencia y el característico aullido del motor 4A-GE sonaba como un grito de guerra.
Cautivó al público y aseguró la popularidad de los vídeos Pluspy, que mostraban las habilidades de Tsuchiya en puertos de montaña con su propio AE86.

Este “entrenamiento” en carretera le costaría temporalmente la licencia de competición e inspiraría Initial D, la obra que, llegada en el momento justo, hizo que medio mundo descubriera el drifting gracias al pequeño Toyota que sí podía.
4. Están enamorados de la diversión asequible
Toyota es perfectamente capaz de añadir peso y complejidad, igual que de fabricar un sinfín de coches olvidables. Pero en los últimos años también ha recordado cómo crear coches ligeros y divertidos, de los que se disfrutan de verdad.
El GR86 es una prueba brillante de que no necesitas un montón de potencia para pasarlo bien conduciendo: basta un chasis comunicativo, neumáticos modestos y un cambio manual tan preciso y directo que parece conectado al sistema nervioso.

Y luego está el GR Yaris, nacido como un obligatorio modelo de homologación para el WRC. Toyota no se limitó a cumplir: convirtió la versión de calle en un pequeño misil y luego la mejoró aún más con la actual Gen2.

Voluble, agresivo y lleno de carácter, sacando músculo justo cuando casi todos los demás se rinden, es Toyota en estado puro.
5. Construyen grandes motores
Puede que otros presuman de una grandeza más constante, como Ferrari o quizá Porsche, pero Toyota es sin duda el gran fabricante de motores infravalorado.
Domina desde los híbridos pioneros hasta un V12 hecho a mano, lo bastante suave y refinado como para servir tanto al primer ministro de Japón como a la Casa Imperial en el Century de 1997.

Entre medias hay joyas de ingeniería por todas partes: un Corolla de los 80 con motor 4A-GE sube de vueltas y ruge más allá de las 7.000 rpm; el seis en línea 2JZ del Supra Mk4 es lo bastante robusto como para soportar 600 CV con internos de serie; y el V10 del LFA rivaliza con cualquier superdeportivo por potencia, estirada y un sonido que eriza la piel.

Hoy, el heredero espiritual es el tricilíndrico del GR Yaris, y vaya heredero.
6. Su pick-up es un póster
El coche que Toyota inscribe en la categoría reina del Dakar, normalmente con bastante éxito, no solo se llama Hilux: en muchos sentidos realmente es un Hilux.
Aunque es distinto en cada detalle —más ancho, con motor central, chasis tubular y una suspensión que parece sacada de un avión—, está conectado con él en espíritu.

Mientras que muchos coches de la categoría tienen una relación muy tenue con su fabricante, el Hilux que cruza dunas a toda velocidad cada enero es una extensión lógica del Hilux en el que confía un constructor, un agricultor o una ONG.
Muy resistente, con mucho par y fácil de convivir. Dicho de otro modo: no sería una locura correr el Dakar con un Hilux de serie… pero buena suerte intentándolo con un Duster.

7. No son nuevos en Le Mans
El dominio reciente de Toyota en el clásico francés puede parecer un éxito repentino, pero es el resultado de décadas de trabajo duro, con coches preciosos y decoraciones memorables.
Desde el azul y blanco de Minolta en el 87C de 1987 y el 90C-V de 1990, pasando por el negro, amarillo y blanco del Taka-Q de 1988, hasta los años del rojo y blanco de Nippon Denso/Esso Ultra en los 90, incluidos los rápidos GT One de 1998 y 1999.

Cuando Toyota por fin ganó en 2018, fue una victoria merecida tras 20 participaciones marcadas por derrotas y desolación, especialmente la tragedia de 2016, cuando el coche líder se detuvo en la última vuelta, a solo tres minutos del final de una carrera de 24 horas.

8. Sus coches de rally son icónicos
Toyota ya había ganado antes, pero fue el éxito sostenido en el Safari Rally lo que confirmó su llegada como competidor de primer nivel.
El Celica dominó la prueba a mediados de los años 80 y nuevamente entre 1992 y 1994. La brutalidad del evento —miles de kilómetros a gran velocidad por paisajes implacables— dio lugar a algunos de los coches de rally más salvajes jamás concebidos.

Ver aquellos Celica de Castrol volando por los aires, con snorkel, suspensión elevada y defensas sobredimensionadas, era empezar a comprender que quizá la F1 no era tan extrema como parecía.
9. El LFA sigue siendo un unicornio
Cuando el LFA llegó en 2010, Toyota no reescribió el reglamento: lo redujo a cenizas. Un superdeportivo con motor V10 colocado por delante del conductor y radiadores detrás, buscando el equilibrio perfecto.

Un coche con monocasco de carbono, una marca asociada a limusinas y un precio superior a 420.000 euros. Solo se fabricaron 500 unidades en dos años, haciendo que muchos exóticos italianos parecieran comunes.
Conducir una de las 50 ediciones LFA Nürburgring fue una revelación: equilibrio exquisito gracias a una distribución de pesos 48:52 y un V10 de 560 CV que invitaba a explorar su límite de 9.500 rpm. El Lexus LFA se ganó su lugar entre la élite.

10. Construye el Rolls-Royce de Japón
Century puede significar poco fuera de Japón, pero allí el nombre está cargado de reverencia.
Si eres alguien importante, viajas en la parte trasera de una gran berlina negra, con tapetes de encaje, conducido con exquisita educación y en silencio absoluto.

El Century está empezando a convertirse en una auténtica marca de lujo, con una gama que se ampliará para incluir modelos únicos destinados a una élite privilegiada.
Probablemente nunca veremos uno, pero demuestra que Toyota, pese a su escala masiva, sabe cultivar uno de los nombres más enigmáticos del automóvil.

11. Perfeccionó el híbrido moderno
El sistema híbrido de Toyota ha recibido críticas, muchas justificadas en sus primeras generaciones. Pero hoy, tras probar prácticamente todos los sistemas híbridos del mercado, el de Toyota es difícil de batir.

Frente a soluciones con doble embrague poco refinadas o automáticas con convertidor de par poco eficientes, el sistema moderno de Toyota es suave, sensible y capaz de modular el régimen del motor para evitar sensaciones desagradables.
Además, funciona con mayor frecuencia en modo eléctrico, lo que se traduce en una eficiencia real. Dicho de otro modo: hacer 3 l/100 km en ciudad con un Yaris es perfectamente posible.









