La ciudad que vio nacer a la “Pepa” no estaba preparado para esto, ni nosotros tampoco. Acudimos a Jerez para conocer de primera mano las Wolrd Finals de Lamborghini Super Trofeo, y la gente de Sant’Agata Bolognese nos brindó la oportunidad de probar sus superdeportivos de motor central. Un flamante Lamborghini Aventador SVJ blanco y dos Huracán EVO nos esperaban, uno coupé y otro Spyder. La cosa prometía.

ESC ON por favor

Hacía dos años que estuve aquí probando el Megane RS y sabía que a media hora estaba el fabuloso Parque Natural de los Alcornocales, con paisajes y carreteras fantásticas. Sin embargo las responsables de la marca nos dan una hoja de ruta diferente. Iríamos siguiendo un Urus conducido por el piloto español de la marca Albert Costa, y los otros tres coches detrás, rumbo a Cádiz, para tomar fotos por el camino. Varias instrucciones de seguridad después y un aviso de no desconectar el ESC, emprendemos la marcha siempre bajo la atenta mirada de los aficionados que acuden al circuito.

Salimos a la Autopista del Sur, la única autopista que baja de forma directa desde Sevilla a Cádiz y que sigue siendo de peaje, aunque nosotros no tenemos que pasar por las barreras desde Jerez. En formación bajamos a unos rigurosos 120 km/h, por lo que no tardan en pasarnos coches cuyos conductores y pasajeros no pueden evitar girarse para mirarnos, muchos saludando o sacando el dedo de aprobación. Sin duda, en un coche de estos te sientes como una super estrella, todo el mundo te mira después de mirar al coche.

Lamborghini Aventador SVJ

El valiente fotógrafo de Lamborghini empieza a hacer su trabajo a través del techo solar del Urus, y empieza el baile de coches. Primero nosotros en el Aventador SVJ, después nos echamos a un lado y pasa el Huracán EVO, luego los dos Huracán juntos, todos en fila, Huracán solo. En estos cambios de posición hacemos la goma y aprovechamos para exprimir un poco el V12 de 770 CV de nuestro toro italiano. El cambio mono-embrague no es lo mejor del mundo pero está calibrado de la forma más radical que te puedas imaginar. Cada golpe a la leva o al acelerador implica una sacudida violenta y una respuesta inmediata cuando rozamos el acelerador. El vello se eriza y el sonido lo envuelve todo a medida que suben las revoluciones. Sin embargo, un 90-120 con este coche sabe a muy poco y tampoco queremos llamar la atención con todos los coches rodando a la vez.

Nos acercamos a la ciudad apodada como “la tacita de plata” y el tráfico empieza a pasar de esporádico a fluido. Más fotos, más cambios de posición, y de pronto una parada de emergencia en el arcén. Del Urus se baja el fotógrafo y enciende las GoPro. Hace bien porque el paseo va a ser épico y seguramente irrepetible. Pasamos Puerto Real y cruzamos la bahía por el Puente de la Constitución de 1812 a lomos de cuatro toros italianos, en una estampa que más bien parece de Miami Vice que de un viernes por la tarde en Cádiz.

2.700 CV por la Tacita de Plata

Voy concentrado en seguir el Urus azul entre el tráfico, pero de vez en cuando no puedo evitar mirar a los lados, viendo las caras de la gente alucinando por esta comitiva, entre los cuatro sumamos 2.700 CV y es el equivalente a ver en movimiento más de 1.200.000 euros. Por ahora los gaditanos están siendo muy acogedores, todos sonríen a nuestro paso y nos dicen que les gusta el coche o que le demos un poco de “vidilla”. Pero el tráfico empieza a ser lento y nos acordamos cada vez más de la hora en la que optaron por esta caja de cambios. Sin duda nuestros colegas en los Huracán EVO estarán soportando mejor esta aventura. Para dificultar aún más las cosas, la visibilidad trasera del Aventador SVJ es nula por el retrovisor central, pues el motor va cubierto por una tapa con rejilla de diseño escalonado, muy aerodinámico, pero poco práctico, y además el enorme alerón lleva una fijación central, por lo que el coche que va justo detrás de nosotros siempre es invisible.

Nos adentramos cada vez más en la ciudad y pronto encaramos la muralla. Un túnel frente a nosotros y una sonrisa de maldad se apodera de mi cara. Pongo neutral tirando de ambas levas a la vez y cuando el coche empieza a deslizar cruzando la muralla hago latir el V12 hasta las 7.000 vueltas. Nunca antes estos muros que se empezaron a construir en el siglo XV habían odio esta música.

El asfalto deja paso al empedrado y el SVJ se convierte en una máquina de tortura, los asientos semibaquet empiezan a parecer de piedra y el carácter extremo del coche aflora, no estamos en su zona de confort, ni el coche, ni mucho menos nosotros al volante en estas calles cada vez más estrechas. Seguimos al Super SUV confiando en que en algún momento saldremos de la ciudad, pero solo nos adentramos más. Las calles son de la misma anchura que nuestro toro blanco y al fondo, entre tanto edificio alto, vemos luz.

Por ahí no quepo

En efecto, hemos llegado hasta la misma Plaza de San Antonio y la Iglesia del mismo nombre es testigo de nuestra llegada, así como los paisanos que allí están tomando algo o descansando al sol, cuya cara de asombro e incredulidad lo dice todo. Giramos a la derecha y empiezo a sudar, el morro es tan bajo que no veo si el lip de carbono va a rozar con el bloque de mármol que delimita la acera de la calzada, pero no suena nada y avanzo sin más problemas.

Pero en un momento dado si que suena algo. Me confío al subir un pequeño resalto y suena el roce de los bajos con los adoquines. Freno en seco y acciono con el botón de la consola central el sistema de elevación del morro, a partir de ahora mi mejor amigo. El fotógrafo corre de un lado a otro, las fotos resultantes son únicas como podéis ver, pero en ese momento yo solo podía pensar en una cosa: “están locos estos italiano”. Dejamos la plaza y enfilamos la Calle Zaragoza, hasta que esta muere y hay que girar a la derecha. Sin embargo, esto no va a ser posible. El Urus se detiene y se bajan las chicas del equipo de Lamborghini, yo también me he dado cuenta, por ahí no vamos a poder pasar.

La única solución es dar marcha atrás, pero somos cuatro coches para hacerlo, los cuatro de difícil maniobrabilidad, y detrás de la comitiva italiana ya hay otros cuatro coches de gaditanos que no deben de dar mucho crédito por lo que está pasando. Parece que nos hacen caso y empiezan a retroceder, el sonido del V12 se mezcla con el de los cláxon que chillan al fondo de la calle. Unas cuantas maniobras y mucho sudor después estamos fuera de esa ratonera y enfilamos la salida de la ciudad.

Ha sido una experiencia única, loca, y aterradora en ciertos momentos, porque el Aventador SVJ con sus 4,9 metros de largo y 2,09 de ancho no es el utilitario ideal para una ciudad, y menos para el casco histórico de Cádiz. Unas cuantas fotos después junto a la playa, volvemos al circuito.

Hora de estirar las piernas con el SVJ

Por suerte al día siguiente y viendo que habíamos logrado devolver los coches intactos, el amable personal de Lamborghini nos dejó probar todos los coches, incluido el V12. Por las carreteras secundarias junto al circuito sigue siendo una máquina muy grande, un coche de potencial arrollador que impone mucho respeto cuando uno hunde el pie derecho. Es muy feroz y aunque es de tracción total, el carácter radical aflora desde su zaga.

Quizás por el estado del asfalto, o quizás porque los Pirelli estaban en las últimas con 13.000 km en el cuerpo que marcaba el coche, pero el Aventador SVJ se movía incluso acelerando a fondo en recto, con algún que otro amago en la salida de alguna curva, pero siempre muy controlable si vamos en modo Sport. Es brutal en todas sus facetas, con ese cambio que te amartilla desde atrás para engranar marcha, ese sonido que se apodera de tu instinto, y ese aspecto de nave espacial que devora todo a su paso. Una experiencia de conducción que pocos coches puede ofrecer hoy en día, un coche no apto para todos aquellos que tuvieran en su momento más de 400.000 euros, porque solo se fabricarán 900 unidades y todas tienen dueño. Sin duda, jamás olvidaremos aquel paseo a lomos de este Lamborghini Aventador SVJ por la hermosa Cádiz.

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