La Velocidad, ¿solo cautiva a hombres?

La Velocidad, ¿solo cautiva a hombres?

La Velocidad, con mayúsculas, no es un número como creen burócratas, legisladores de carril bici, los que miden la vida en circulares oficiales o los contables del miedo, nunca lo fue…

Ni siquiera cuando la bajamos –algunos lo dirán con una frialdad casi obscena– y es que en estos días, la DGT ha reducido la Velocidad de 120 a 100 km/h en muchas autovías de España y sin previo aviso, así que el Waze se ha puesto a recalcular.

Para nosotros, la Velocidad es una sensación. Un latigazo. La Velocidad es la verdadera coartada emocional que genera adicción y se convierte en un capricho muy barato. La Velocidad bien entendida promete libertad y hace temblar a quienes necesitan controlarlo todo.

El caballo azabache: cuando acelerar es elegir

La Velocidad es una manera de estar en el mundo y que se te reconozca como alguien superior –como Carlos Sainz A y B–. No es un manifiesto de ir a 300 km/h, es más la aceleración, es más el impulso que la propia fuerza y eso nos hace subir la adrenalina y sentirnos más jóvenes.

La Velocidad es ese instante exacto en el que el coche deja de ser máquina y se convierte en tu caballo azabache, en tu lanzadera, en tu verdadera libertad, hasta en la extensión de tu cuerpo. La Velocidad seduce a quien entiende el control, no la fuerza bruta; es cuando el volante no se gira: se confiesa. Cuando el chasis “no flexa”, opina. Cuando aceleras no huyes, eliges.

Desmontando el «club de machos sudorosos»: ellas y la precisión

La Velocidad es aquel que disfruta de la precisión, no del ruido sin melodía. Es aquel tipo que busca la armonía entre técnica y emoción. Y ahí –nos guste o no admitirlo– las mujeres llevan años demostrando que no solo participan, sino que reinterpretan el concepto. Dato curioso e histórico es que las aseguradoras premian a las señoras por tener la mitad de siniestros que a los hombrecillos pilotillos… Lo único que ahora, con 32 géneros, será más difícil esta precisión.

Decía un viejo profesor de Periodismo: “Cuando el volante habla, el chasis contesta y el conductor escucha”. Durante décadas, la velocidad se ha contado como un relato masculino. Hombres, motores, competición, testosterona y épica. Nos vendieron la Velocidad como un club privado de machos sudorosos y engrasados, gasolina en vena y épica mal entendida. Una narrativa cómoda: testosterona, cronómetro y pose. Fácil de atacar. Fácil de prohibir.

La seducción de la técnica: de Eva al Siglo XXI

Una iconografía que va desde los héroes de Le Mans hasta los domingos de Gran Premio, pasando por carreteras secundarias recorridas con más entusiasmo que prudencia. ¿Pero de verdad la Velocidad cautiva solo a los hombres? Rotundamente, no. Lo que ocurre es que durante demasiado tiempo solo se les dio el volante a ellos. La Velocidad seduce a quien entiende el control, a quien disfruta de la precisión, no del ruido. A quien busca la armonía entre técnica y emoción.

La velocidad existe desde que Eva sedujo a Adán a quien le dijo: “Rápido, corre a por el pan, que te cierran”. Pero la Velocidad fue diseñada, alimentada y perfeccionada por la tecnología, la industria y el progreso. Y como todo vicio moderno, genera adicción, dependencia y necesidad o enganche. Y ahí –nos guste o no admitirlo– las mujeres llevan años demostrando que no solo participan, sino que reinterpretan el concepto mucho mejor, siendo la mayoría más precisas y hábiles.

El silbido que empuja: la paradoja eléctrica

Hay un dato incómodo que pocos se atreven a decir en voz alta: junto a las redes sociales, la Velocidad es el único gran vicio creado en el siglo XX y según nuestro estudioso subdirector Guillermo LaHoz (Willy), en la era eléctrica, paradójicamente, la velocidad ya no ruge: empuja. No huele: silba. No se escucha: se clava en el pecho. Y esto desconcierta a los nostálgicos de la Era del puro, la caza y la misa de Una.

La verdadera Velocidad es una actitud vital que convierte al conductor en autor y no en usuario. La Velocidad no acepta el carril derecho de la existencia, es no vivir en modo ahorro. Porque la Velocidad no siempre es correr más, pues muchas veces es llegar antes o no llegar.

Libertad sin pedir perdón

Hoy, en plena era de electrificación, límites, radares y moralismos de salón verde, la Velocidad vive un momento paradójico: está más controlada que nunca… pero más deseada que Beyoncé (4.4). Quizá porque cuando todo se ralentiza artificialmente, el ser humano necesita recordar que nació para avanzar, para caminar a prisa, para acelerar. Rápido o despacio, pero avanzar.

En CAR creemos que la Velocidad del siglo XXI ya no se mide solo en rectas interminables, ni en cifras imposibles. Se mide en respuesta inmediata, en el silencio que empuja, en inteligencia aplicada al movimiento. En saber cuándo acelerar a fondo y cuándo no hacerlo. La verdadera Velocidad es actitud y por eso molesta, porque es libertad sin pedir perdón, curiosidad e inconformismo. Y repito, no entiende de géneros, solo de sensibilidad.

Por eso, vamos seguir celebrando la Velocidad en todas sus formas: física, emocional y mental. La del automóvil, la del progreso y la de quienes se niegan a quedarse parados mientras otros deciden por ellos, qué es demasiado rápido. Porque al final, la pregunta no es si la Velocidad cautiva solo a los hombres. La cuestión real es otra: Si no molesta, no es Velocidad.

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