Joe Siffert, el piloto del Porsche más caro del mundo - Revista Car

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Joe Siffert, el piloto del Porsche más caro del mundo

Guillermo Lahoz 31 de diciembre, 2017 | Tiempo de lectura 7 min

¿Qué habría dicho Joseph ‘Jo’ Siffert (1936-1971) de haber visto el precio que alcanzó su Porsche 917 en la subasta de Gooding & Co. el pasado mes de agosto? Él mismo había sido compraventa, ya que antes de llegar a los circuitos fue aprendiz en un taller y luego se independizó, comprando coches con golpes y arreglándolos para venderlos. Esa habilidad para los negocios nunca la perdió.

Su padre tenía una lechería y durante la guerra el chaval experimentó lo que era pasar penurias. Era un niño soñador que siempre iba al cole con un cochecito en el bolsillo, y su vida cambió el día que su padre le llevó a ver una carrera. Fue el 4 de julio de 1948, el GP de Europa en Bremgarten. Ganó el Conde Trossi con un Alfa y se mataron Achille Varzi y Christian Kautz. Como era de esperar estas tragedias no desmotivaron al joven Joseph, que al llegar a casa subió las escaleras corriendo y le dijo a su madre: “Cuando sea mayor, los domingos por la mañana iré a la iglesia me confesaré y tomaré la comunión, y por la tarde pilotaré un coche de carreras”. Y añadió: “¡Conduciré como Sommer, al ataque!”. Anécdotas como estas las encontramos en el libro sobre Siffert que escribió su amigo Jacques Deschenaux en 1972.

El piloto suizo ha pasado a la historia como un conductor extremadamente apasionado y valiente. Dejó el colegio y con 15 años se dedicaba a ir en bicicleta a comprar lana por los pueblos para luego revenderla, o a recoger casquillos en un campo de maniobras del Ejército. Pero quería algo relacionado con los automóviles, así que entró de aprendiz en el taller del carrocero Frangi. En cuanto pudo se compró su primer coche, un Peugeot 202.

Pronto vio que las motos podían ser un primer paso para entrar en la competición. También se montó el negocio por su cuenta y vivía en su taller. En las carreras iba siempre a fondo, y lo recordaba así: “Cuando un novato se mata la gente dice que estaba loco, pero solo estaba jugando a doble o nada”. Competía también en sidecars, e iba con sus amigos en viejas furgonetas por Holanda, Austria o Francia, y también compitió en Madrid. Fue campeón de Suiza de 350 cc y en 1960 decidió pasarse a los coches. Con 23 años compró un Fiat-Stanguellini de Formula Junior y en su primera prueba, una subida en cuesta, acabó tercero. Aquel invierno trabajó como un animal para poder comprar un Lotus 18, con que logró vencer en el europeo de Formula Junior. En aquella época el “Premio Villa de Madrid” de esta categoría se disputaba en la Casa de Campo. Fue también en 1961 cuando Siffert disputó su primera carrera de resistencia, los 1.000 km de Nürburbring con un Ferrari y, junto a Robert Jenny, terminó tercero en su clase.

Y de nuevo llegó el invierno y de nuevo se concentró en su taller, y en una modelo llamada Sabine. Pero sabía que por mucho que trabajara el dinero no le iba a llegar para comprar un F1, de modo que lanzó una colecta bajo el nombre: “Un fórmula 1 para Siffert”, en la que colaboraron aficionados de toda Suiza. En marzo firmó un contrato para correr en F1 con la Scuderia Filipinetti y debutó en la máxima categoría con un Lotus en abril de 1962, en el GP de Bruselas, donde acabó sexto.

La temporada de 1963 comenzó mal, con un serio accidente en Snetterton. Tras el invierno y por problemas con su novia estaba muy bajo de moral, pero sus amigos le apoyaron y en Pau, aunque abandonó, hizo un papel tan bueno que el director de carrera lo destacó junto al ganador, Jim Clark. En Imola acabó segundo, y para la siguiente carrera Joseph y sus tres mecánicos viajaron hasta Sicilia sin parar de conducir durante día y medio. Allí ganó su primer GP, en Siracusa, con un Lotus 24, aunque no era puntuable para el Mundial.

Tras aquello se acrecentaron las tensiones con la Scuderia Filipinetti y Jo decidió competir por su cuenta. Logró su primer punto en Reims. Hay situaciones que muestran lo que era la competición en aquellos tiempos; tras el GP de la Solitude, en Stuttgart, el coche está hecho polvo. De modo que para poder llegar a la siguiente carrera en Nürburgring, su mecánico Guy conduce hasta Inglaterra para conseguir el motor BRM, Paul lleva el cambio a Colotti (Módena) y Jean-Pierre se va a Nürburgring a instalarse y reparar el chasis. Consiguen llegar al circuito el jueves y montar el coche. Pero a cuatro vueltas del final falla el motor y se clasifica noveno. Los gastos que tiene que soportar son enormes y le asaltan las dudas sobre su futuro.

Pero decide seguir luchando y se casa con Sabine. También tuvo que aprender inglés, ya que hablaba alemán y francés. Nunca se le dio demasiado bien, y por eso a veces parecía tímido con las personas que no conocía. Recordaba entre risas cuando él y sus mecánicos fueron a la recepción del GP de EE UU. Iban tan hambrientos que en el bufé se pusieron morados a comer, y se llevaron además los bolsillos llenos. Luego siguieron en coche hasta el GP de México.

En 1964 se unió al grupo de Rob Walker Racing Team, un equipo privado de F1. Walker recordaba que con Seppi –su mote para los amigos, diminutivo de Joseph– no era necesario firmar contratos, con su palabra bastaba. Contaba además que siempre estaba bromeando y riendo, menos cuando el coche funcionaba mal, claro… A partir de entonces se acabaron los apuros económicos, porque además en 1966 comenzó a conducir para Porsche. Carrera 6, 907, 910, hasta llegar al 917. “Solo soy realmente feliz cuando estoy corriendo”, decía. Las 24 Horas de Daytona de 1968 fue su primera gran victoria con Porsche, y además se hizo concesionario de la marca.

Su mejor momento en la F1 llegó en 1968, cuando ganó el GP de Gran Bretaña en Brands Hatch con el Lotus 49B del equipo de Rob Walker. Él mismo calculó que en 1969 hizo 36 carreras y un total de 20.000 km compitiendo. Por eso dijo: “Paso más tiempo en los coches de carreras que en mi coche de calle”. En 1969 Heuer fue la primera relojera en patrocinar a un piloto, y eligieron a Siffert.

En 1970 ganó la Targa Florio con un Porsche 908, y también el mundial de resistencia para la marca alemana con el 917. Para los anales queda su duelo con Pedro Rodríguez bajo la lluvia en Spa. Al final la pareja Siffert/Redman venció a una media de 240 km/h… En cambio, aquel año en la F1 no logró ni un punto con el equipo March.

Ganando o perdiendo, aquello no era un juego. En 1971 le enviaron un calendario en el que aparecía una foto de Siffert junto tres pilotos: Rindt, Courage y McLaren. Y le dijo a su amigo Deschenaux: “¿Te has dado cuenta? Esta foto se tomó hace seis meses y están todos muertos”. Aquel año acabó el mundial de F1 en quinta posición, su mejor clasificación. En las 24 Horas de Le Mans casi se estrella en los entrenamientos con su 917 al tratar de esquivar a un coche más lento. Llegó a los boxes muy afectado y dijo: “Debería estar muerto”. Se pasó media hora en estado de shock y luego reflexionó: “Cada día tienes un ticket. Pero un día se te acaba la suerte y es el final”. Como a su compañero –que no amigo– en la F1 y en Porsche, el mexicano Pedro Rodríguez, que se mató en julio con un Ferrari 512S en Norisring. Esto no hizo que Seppi levantara el pie derecho. El 15 de agosto logró su segundo mejor resultado, al ganar el GP de Austria de F1 con el Yardley BRM: salió desde la pole y lideró toda la carrera. Además fue la primera vez que su madre iba a verle competir.

El 24 de octubre se organizó en Brands Hatch una carrera no puntuable en honor de Jackie Stewart. Aunque Jo estaba cansado –ese año había participado también en la Cam-Am con su propio 917/10– pero decidió acudir. Salió de la pole y el accidente ocurrió en la vuelta 16, rondando muy deprisa. Al parecer la suspensión estaba dañada por un incidente previo con Peterson y se rompió. Zigzagueó, giró bruscamente a la izquierda y golpeó la barrera de protección, luego una señal, se elevó y al caer estalló. Probablemente Jo murió en el acto, asfixiado y sin sufrir. Dos de los tres extintores que había cerca no funcionaban. La carrera se detuvo y el resto de los pilotos ya sabían que una columna de humo negro no presagiaba nada bueno. A Jo se le acabaron los tickets, pero murió en la cumbre y haciendo lo que más amaba. 

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