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Jeep Wrangler Rubicon en Canadá: ¡No siento las piernas!

RevistaCAR 19 de enero, 2017 | Tiempo de lectura 5 min

Esto no es una carretera, sino un río. Solo que durante cuatro meses al año, en la estación más fría, se convierte en la única autopista transitable entre Canadá y el más allá. Nosotros la recorrimos en julio de 2010 a los mandos de un Jeep Wrangler Rubicon. Una experiencia «refrescante» y reconfortante a partes iguales.

Aún no he bajado del avión y ya tengo frío. Y eso que voy “armado” hasta los dientes: dos pares de calcetines, forro polar, botas especiales de invierno, ropa térmica, dos pares de gruesos guantes… Sobre el terreno brilla el sol, pero ¡27º C bajo cero! ¿Y a esto llaman buen tiempo? Hay pocas cosas tan desagradables como el frío intenso. Estoy en Tuktoyaktuk –o Tuk a secas–, la población más septentrional de Canadá, en el Círculo Polar Ártico, y aquí el frío te golpea como un martillo. Asentada junto al río Mackenzie, Tuk permanece aislado siete meses al año salvo por vía marítima. Sin embargo, de diciembre a abril el río se congela convirtiéndose en una pista dura y ancha. Entonces, decenas de tráileres conectan Inuvik y Tuktoyaktuk atiborrados de víveres y pertrechos. Con casi 200 km, la ruta se conoce como la extensión de la autopista Dempster, un trazado de 800 km procedente de Dawson City.


Hemos decidido recorrerla a bordo de uno de los iconos de la automoción offroad, indicado para territorios hostiles como éste: el Jeep Rubicon Unlimited. Su origen se remonta a la Segunda Guerra Mundial, pero, evolucionado, sigue en la brecha porque es de los mejores en lo suyo. La mayoría de SUV resultan ideales para uso cotidiano en otras latitudes, pero en esta tierra “de hombres” el Rubicon es la herramienta. Con tracción Rock-Track, bloqueo de diferenciales frontal y trasero, y llantas de 17 pulgadas con cubiertas de contacto, es el Jeep más duro y capaz de cuantos puedes adquirir.

La pista es muy ancha –unos 30 metros de lado a lado– y gruesa: de metro a metro y medio de profundidad, suficiente para el peso de los traileres más aparatosos. La línea del horizonte se aprecia difuminada porque la superficie es plana en kilómetros a la redonda, sin elementos que la distorsionen. El cielo se funde con ella y parece dos veces más grande. No valen las referencias habituales, todo es blanco y monótono, mires por donde mires. Una vasta extensión de terreno que hace pensar en el tamaño del país.
Paramos para absorber el silencio de este paisaje monocromático. Hasta los bosques que ocasionalmente avistamos emergen bajos y grises, aislados en este infierno helado. Con el paso de los kilómetros pienso que esto no es tan difícil: el testigo del control de tracción no se ha iluminado una sola vez, la luz del sol cubre la extensión… Incluso he cogido una emisora de radio. Nuestro guía, Gerry Kisoun, parece leer mis pensamientos y me espeta: “¿Sabes? No recuerdo la última vez que hice esta ruta con un tiempo tan favorable. Imagina llevar un camión en mitad de una tempestad de nieve, sin cobertura de móvil y con 180 km entre tú y el destino. Eso sí que es duro”.


Oscurece y aparece un tenue horizonte. Media docena de luces advierten la posición de algunas casas, tráileres y excavadoras aislados. Por la mañana conozco a Percy Chabun, un camionero con 40 años de experiencia al volante. Ahora trabaja en el hotel y ayuda a mantener la ruta en condiciones de tránsito durante el invierno. Me cuenta que “desde diciembre, y junto a mi equipo, comprobamos el grosor y la integridad del hielo. También trazamos y repasamos la vía con quitanieves, la balizamos y señalamos sus puntos críticos. Como camionero, he roto el hielo seis veces”. ¿Peligroso? “Es el infierno. Hay que respetar el hielo y estar alerta. Un buen camionero gana dinero aquí, no menos de 6.000 euros al mes”. Entonces, ¿por qué lo dejó? ¿Pasó su oportunidad, miedo a las fatalidades? “Nunca hablamos de percances, ¿entiendes?”, añade con firmeza. “Me cansé de conducir, así que ahora fabrico la carretera”.
Seguimos la marcha. El sonido de Tuktoyaktuk es el de los motores. Nadie los apaga por aquí: si la calefacción se detiene, la cabina se congela en segundos, así que mejor dejar todo encendido para seguir sintiendo las piernas. Además, no hace falta ni un Detector: roba un coche y sólo podrás ir en dirección al Polo Norte en un sentido, o afrontar los 1.000 km que te separan de Dawson City por el otro. Todos los vehículos de la zona cuentan con calentador eléctrico para mantener a punto el aceite y evitar que se congelen los fluidos. Eso sí, después de pasar la noche a 35º C bajo cero el Jeep arranca con una facilidad imposible para mí.


Las edificaciones locales –iglesias incluidas– están suspendidas sobre bloques para evitar el hielo permanente. También hay estaciones de alerta temprana de la guerra fría anteriores a la era de los misiles balísticos medio abandonadas. Antes de marcharnos fotografío un Jeep Rubicon de lo más peculiar, equipado con sonar portátil para verificar el espesor y la integridad del hielo en la ruta. El cielo sigue azul, pero se ha levantado una ligera brisa que me atraviesa como un cuchillo. Treinta bajo cero. No siento las piernas, la nariz ni los labios. La nieve parece polvo de talco. No hay comercios, restaurantes o similar. Si quieres una cerveza, vete al sur. De ahí la popularidad del Mad Trapper Bar y Pool Room, lo más parecido al bar del lugar. Menudo sitio, cuatro iglesias y ni un bar.


De vuelta a Inuvik, esperamos durante hora y media a Isaac Lennie, un oriundo veinteañero especializado en la caza de lobos que llega con un enorme trofeo. Ya en su casa, repleta de pieles tratadas colgadas de las paredes, me explica que “como mis antecesores, somos dueños de esta tierra, y cazamos donde queremos y lo que queremos, aunque sólo lo que necesitamos porque respetamos la naturaleza”. Hablando de las viejas y las nuevas generaciones, descubro que es un fanático del skidoo. Le pregunto si conoce a la hija de John Steen y me contesta que “claro, es rapidísima, y también mi novia”. Envidio su estilo de vida, destila paz y se siente orgulloso de pertenecer al lugar.


De vuelta, Gerry me cuenta que lo peor que te puede pasar en marcha es un trompo “porque una vez te recuperas has perdido la referencia visual y no sabes hacia donde apuntas, salvo que tengas una brújula. Eso si consigues volver a meterte en la carretera”. Al día siguiente encaro el aeropuerto nevando y a 38º C bajo cero. Por un instante pienso en esos camioneros a 6.000 euros/mes: se ganan a pulso cada moneda. 

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