Giorgio Moroder, sin techno no hay paraíso - Revista Car

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Giorgio Moroder, sin techno no hay paraíso

Guillermo Lahoz 18 de octubre, 2016 | Tiempo de lectura 7 min

De entre todas las profesiones posibles, ser músico y productor en la California de los años ochenta se nos antoja como una de las mejores. Mansión en las alturas con un gran piano de cola blanco y la ciudad de Los Ángeles a tus pies. Fiestas salvajes y un garaje con varios Ferrari y Lamborghini. Y cuando todo esto te aburre y piensas en un nuevo desafío… ¿Qué tal fabricar tu propio superdeportivo? Esto y muchas cosas más las ha hecho el gran Giorgio Moroder en sus 76 años de vida.

El compositor italiano tiene un lugar en la historia como el hombre que humanizó la música electrónica y logró enormes éxitos de ventas en todo el planeta. Por eso es un precursor de la hoy llamada música techno. Puede que el nombre Moroder no te suene, pero seguro que te has sentido al borde del abismo junto a Tony Montana, escuchando la música que él compuso para El precio del poder. Y también te habrás puesto tierno con Take my breath away, de la banda sonora de Top Gun, por la que recibió su tercer Oscar.

En 2013 nuestro protagonista volvió a la actualidad al ser reclamado por el grupo Daft Punk para hacer una canción en su último trabajo. Además, el año pasado lanzó su primer disco en los últimos 30 años, llamado Déjà vu.

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Giorgio Moroder (Ortisei, 1940) nació en el norte de Italia, en el llamado Sudtirol. Desde niño habló italiano, ladino y alemán. Tres de sus hermanos pintaban y esculpían, pero a Giorgio le dio por la música. Comenzó tocando la guitarra y después el piano, hasta hacerse músico profesional. Durante años tocó pop con la guitarra o la batería en pequeños locales, hasta que a mediados de los sesenta se fue a Alemania para trabajar de ingeniero de grabación. Pero él quería componer y en cuanto descubrió un sintetizador y sus posibilidades, supo que aquello era lo suyo. En su primer disco llamado Bubblegum (1969) se incluyó ‘Looky looky’, un tema fresco y divertido que fue número 1 en España. El tipo que la cantaba era un amigo suyo y, dada la precariedad de entonces, le pagó su colaboración con un enorme filete. “Y cuando fue un gran éxito, se quedó con el filete” (risas).

Moroder recuerda además que le llamaron de un concurso musical que había en Tenerife. “Me ofrecieron concursar y yo no quería, pero me aseguraron que iba a ganar, así que fui y gané. Veinte años después coincidí con Julio Iglesias, que también compitió, y me lo recordó: ‘Tú ganaste pero yo canté mejor” (risas). Con sus tres Oscars y cuatro Grammys el italiano es un tipo cercano y simpático al que le gusta bromear, tras una vida en la que ha tenido mucho más de lo que nunca pudo imaginar.

En 1970 fundó Musicland Studios en Múnich, y ya entonces trabajó con artistas de la talla de Led Zeppelin, Elton John o Queen. Love to love you baby, cantado por Donna Summer en 1975 fue su primer gran éxito, una canción que en cierto modo cambió la forma de hacer música disco. Después se trasladó a EE UU y con la primera banda sonora que hizo, para El expreso de medianoche (1978), ganó un Oscar. Nuestro protagonista se mantuvo en lo más alto hasta 1986, cuando creó la música de Top Gun. Décadas después sus melodías siguen formando parte de la cultura popular.

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Otro hito en su carrera fue la canción oficial de las olimpiadas de Los Ángeles 84. Podría decirse que durante aquel periodo todo lo que tocaba se convertía en oro. Fue entonces cuando se compró su mansión blanca, a la que llamó Ice Castle (castillo de hielo). “Yo sabía cómo hacer éxitos, tenía mucha confianza. Sabía cómo debían sonar los bajos, qué ritmos funcionarían. No puedes estar seguro de que canciones van a despegar, pero era como si yo tuviera la fórmula mágica”. Él componía la música con sus órganos y luego contrataba músicos profesionales para darles la forma definitiva.

El Castillo de Hielo parecía el lugar perfecto para juergas locas, pero Moroder trabajaba mucho y nunca probó la cocaína. “Mi droga era el sexo. Tuve muchas amigas en aquella época”. Le gustaban los restaurantes y tuvo alguno, pero tampoco le apasionaban las discotecas. Para las fiestas ya estaba Neil Bogart, dueño de Casablanca Records, donde Moroder publicaba sus discos. No se perdía una, y demás llevaba a músicos tan dispares como Donna Summer, Kiss o los Village People. Por desgracia no llegó a cumplir los cuarenta.

Con todo el dinero que ganaba, Giorgio Moroder podía permitirse vivir como una estrella, con deportivos a la altura. Tuvo entre otros un Ferrari 365 GTC/4, un 308 o un Lamborghini Countach negro, pero un buen día quiso hacer su propio coche. El músico llevaba su Countach al taller de Beverly Hills y allí fue donde conoció a Claudio Zampolli.

INFLUENCIA LAMBORGHINI

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El italiano, nacido en la mismísima Módena, estaba loco por la mecánica desde la infancia. Comenzó a trabajar en Lamborghini a los 25 años como ingeniero y probador, y en 1974 le enviaron a EE UU para trabajar en la importadora. Fue a principios de los ochenta cuando Zampolli comenzó a plantearse hacer su propio coche. Y el apoyo económico de Moroder lo hizo posible. Se llamó Cizeta por las iniciales de Zampolli (C.Z.) y quiso que su coche fuera diferente a todo lo que había entonces. Por eso concibió un V16.

El biplaza tenía una estructura como los Ferrari o Lamborghini de la época, tubular de acero, y con la carrocería de aluminio. Por eso el Cizeta-Moroder V16T fue una especie de Lamborghini apócrifo; creado por ingenieros que habían trabajado en la marca, diseñado por Gandini (autor del Miura, Countach y Diablo). Oliviero Pedrazzi fue el ingeniero jefe y responsable del motor, con Benveni y Bronzatti encargándose del chasis. Con ocho árboles de levas, 64 válvulas y colocado en posición transversal, como en el Miura, el motor rendía 540 CV a 8.000 rpm y permitía acelerar de 0 a 100 km/h en 4,5 segundos, con una punta de 320 km/h. Las suspensiones eran como las de un Grupo C de carreras, con doble trapecio en las cuatro ruedas, y por supuesto ni ABS ni control de tracción. Se presentó en diciembre de 1988 en los Ángeles y recibieron 14 pedidos.

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El primer Cizeta de producción se expuso en el Salón de Ginebra de 1991, y en 1992 el periodista Ian Kuah, reciente jurado de Autobello Marbella, visitó la fábrica en Módena. Esto fue lo que le dijo Zampolli: “Si lo comparas con el Bugatti (el EB 110 de entonces, con cuatro turbos y 4×4) es diametralmente opuesto. Yo fabrico un concepto sencillo, ellos lo más complicado. Coches como el Porsche 959 son demasiado complejos. Queremos algo deportivo, elegante y sencillo. Otros supercoches tienen todo eléctrico. Nosotros llevamos un buen aire acondicionado pero no queremos muchos gadgets”. Los componentes los suministraban las mismas empresas que trabajaban para Ferrari o Lamborghini. Entonces tenían capacidad para fabricar unos 12 coches al año a unos 600.000 dólares cada uno, pero llegó la recesión y tras construir solo nueve unidades –luego fabricaría un descapotable– y perder el apoyo del banco, tuvieron que echar el cierre en 1994.

Cuando comenzaron los problemas también empezaron las tensiones entre los dos socios. Según Zampolli, Moroder quiso abaratar el coche usando un motor BMW o una carrocería de fibra. Pero Claudio no estaba dispuesto a que su creación perdiera su esencia. Giorgio Moroder sabe manejar sus negocios y como ha declarado alguna vez, “Todos los negocios son para ganar dinero, y hacer discos es un negocio. Mucho tienden a olvidarlo”. Intentamos contactar con Moroder para hablar de su deportivo, pero una de sus asistentes nos dijo: “Él no está interesado en ninguna mención del coche en los medios de comunicación”. O sea, que debe estar hasta el gorro el tema o simplemente le preguntamos en un mal momento.

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LA VIDA SIGUE

El caso es que tras el cierre Giorgio Moroder se adjudicó el primer prototipo y Zampolli el resto de la empresa. Hubo dos coches que se quedaron a medio construir y se enviaron a EE UU. Allí Zampolli se estableció en un pequeño taller y a sus 76 años parecer ser que sigue trabajando en el proyecto.

Tras el fin de su aventura automovilística Giorgio Moroder se dedicó a vivir y alumbró nuevos desafíos, como una especie de pirámide de viviendas en Dubái que no llegó a hacerse. Lo recordaba así en una entrevista: “Iba a ser enorme, con el centro hueco y apartamentos en los laterales, algo fantástico”. Después suspira y sacude la cabeza: “Demasiado tiempo persiguiendo objetivos estúpidos”.

La influencia de Giorgio Moroder sigue presente, y se percibe en las bandas sonoras de películas como La red social (2010) o Drive (2011). A Moroder le gustan y cree que él podría haberlas hecho, pero en otros casos es escéptico: “Ahora mucha gente dice que mi música les ha influido. Escucho su música y no me escucho en ella, pero me gusta que lo digan”.

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Giorgio Moroder se inspiró en grupos pioneros en música electrónica e innovó utilizando esos sonidos en un contexto pop. “Yo quería ser popular, necesitaba un elemento extra, algo más humano”. No hay duda de que su fórmula ha funcionado. Además lleva casado unos 25 años con Francesca y tiene un hijo veinteañero. En 2005 fue condecorado por el presidente de Italia como Commendatore, igual que aquel otro tipo con gafas oscuras que también fabricaba coches en Módena… 

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