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Cuando la revista CAR inglesa probó estos coches hace 26 años y tituló: “El deportivo más rápido del mundo contra el mejor”. El Ferrari F40 era el superdeportivo más salvaje, veloz y espartano de su época. También fue el último modelo que aprobó Enzo Ferrrari antes de su muerte, en 1988. No tenía ABS, ni control de tracción o estabilidad, ni siquiera asistencia para la dirección o los frenos. Ni tampoco moqueta, material aislante ni un tirador para la puerta, más allá de una simple cuerda. Las ventanas no se abren –solo hay un Perspex deslizante– con los que se ahorran los elevalunas. El F40 es un coche carreras –aunque en realidad no participara en ninguna importante–, el último Ferrari radical. Por supuesto el Enzo y LaFerrari comparten algo de ADN con el F40 pero son más tratables, menos bestias.

El 959 fue el primero de una nueva generación de superdeportivos, tecnológicamente avanzados, controlados electrónicamente, cómodos a la vez que rápidos y tan fáciles de conducir como demoledoramente veloces. Uno de los coches celebraba exuberantemente el pasado mientras que el otro anticipaba meticulosamente el futuro.

Y ahora tras un cuarto de siglo, volvemos a compararlos. De los dos, el F40 ha envejecido mucho mejor. Aparte de las llantas de solo 17 pulgadas, podría ser un superdeportivo actual, al menos estilísticamente. El diseño de Pininfarina es una obra maestra de sencillez y pureza. La estética del 959, en cambio, proviene de un 911 modificado para adaptarlo las nuevas exigencias y es menos limpio.

Al igual que el F40, las ruedas son de 17 pulgadas con neumáticos más anchos detrás que delante. Tiene tracción a las cuatro ruedas, el primero de la familia de los 911, y fue el precursor de los todos los Carrera 4 que siguieron. La tracción está controlada electrónicamente, enviando potencia a la rueda que más lo necesita, explicando en parte, su tremenda rapidez en circuito y carretera. Este coche estaba indicando para largos y rápidos viajes en total confort. El F40, en cambio, es un coche para divertirse, no para transportarse.

Los contrastes continúan en el interior. El del F40 es muy simple, reducido a la mínima expresión, incluso se ve la fibra de carbono. Los asientos son de carreras –con sus ventajas e inconvenientes– y el volante Momo invita a la conducción. Destaca la palanca de cambios cromada sobre la famosa rejilla de Ferrari. Luego veremos que el cambio es tan preciso como duro. Los pedales están desplazados –típico de los coches italianos de la época– y hay que aplicar mucha fuerza, nada que ver con los Ferrari actuales.

El 959 es completamente diferente. El habitáculo está recubierto de piel. Es más convencional, de hecho deriva de un 911 con instrumentación añadida para monitorizar las numerosas innovaciones técnicas, incluyendo el reparto de tracción y la presión de los neumáticos. Estos instrumentos son habituales en deportivos actuales pero en 1986, cuando comenzó la producción del 959, eran una auténtica primicia. El motor tiene el agradable sonido característico del seis cilindros bóxer de Porsche, al que se añade el silbido de los turbos cuando suben las revoluciones. Los controles son muy suaves y fáciles de usar.

El Ferrari F40 fue el canto del cisne de una época que ha desaparecido, con toda su magia y dramatismo. El Porsche 959 era un titán tecnológico, el precursor de una nueva generación, un pionero al que todos los deportivos actuales deben mucho. Es un coche que ha influido más en el futuro pero que, frente al exceso del F40, parece más corriente.

Porsche 959: Motor: 2.847 cc.; 6 cil. bóxer. Potencia: 450 CV. Cambio: manual, de 6 vel. Vel. máx.: 320 km/h. Peso: 1.450 kg. Cotización: 900.000 euros.

Ferrari f40: Motor: 2.936 cc.; 8 cil. en V. Potencia: 478 CV.
Cambio: manual, de 5 vel. Vel. máx.: 320 km/h. Peso: 1.100 kg.
Cotización: 1,2 millones de euros.

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