Esto es todo. Esta es posiblemente la forma de conducir más excitante. Nada puede acercarse a esto, o eso decido después de un tramo de 20 minutos en el Lamborghini Aventador SVJ. Y entonces algo lo iguala: el Ferrari 812 Superfast. Aunque diferente en muchos sentidos, el Ferrari es igual de exigente y de gratificante que el Lamborghini. Ambos te dejan sudando, extasiado, excitado y con energía, pero también entristecido. Porque coches como estos no estarán aquí mucho tiempo más.

Nos fuimos a la región italiana de Emilia-Romagna, hogar de Ferrari y Lamboghini, a probar los dos supervivientes claves, el 812 Superfast y el Aventador SVJ, afrontando subidas, bajadas y muchas curvas para ver qué es lo que hacen para que nada les pueda igualar.

Con motor central y tracción total, el Lamborghini es la versión de edición limitada SVJ del Aventador, con varios cambios incluyendo nuevas cabezas de cilindros y un volante motor más ligero. De motor delantero y tracción trasera, el Ferrari 812 Superfast es la versión mejorada y el reemplazo del F12.

Numéricamente, están parejos. El bloque a 65o del Ferrari desplaza 6.496 cc, mientras que el V12 a 60o de Lamborghini es dos centímetros cúbicos más grande. Ambos ofrecen la máxima potencia a 8.500 rpm: 800 CV en caso del 812, 770 en el Aventador SVJ. Son muy parejos en par motor, 718 Nm vs 720 Nm.

Lamborghini Aventador SVJ

Y sobre el papel el rendimiento es una hoja muy fina: el 812 Superfast hará el 0 a 100 km/h en 2,9 segundos, llegando al doble de velocidad en 7,9 segundos, y tocando techo a 340 km/h, mientras que el Aventador SVJ necesita 2,8 segundos para los 100 y 8,6 para los 200, con una velocidad máxima de 350 km/h.

Dicho esto, el extremo delantero del Ferrari es lo suficientemente largo como para desaparecer de la vista en una densa niebla, los controles secundarios son complicados y el ratio de giro es enorme. Mantengámoslo todo en perspectiva: no son automóviles cómodos ni espaciosos si se conducen todo el día y no son aptos para llevar mucho equipaje. Enfocados al modo de máximo ataque, ambos martillarán tus dientes, tatuarán tus palmas y romperán algunos discos espinales.

Encenderlos enfatiza sus diferencias

En el SVJ, su dedo índice levanta la tapa roja de la jaula que protege el botón de liberación del infierno. En el 812, el activador rojo de arranque y parada se encuentra a solo un estiramiento del pulgar en el ocupado volante. El motor Ferrari responde con vigor al botón de arranque, aumenta la velocidad de ralentí durante unos segundos y luego se calma. El V12 de Lamborghini inicialmente suena como si estuviera luchando para recordar su orden de encendido antes de prepararse para gritar y temblar. Aún buscando el ritmo correcto, la velocidad de ralentí se manifiesta eventualmente, limpiando ruidosamente sus muchas gargantas.

La respuesta del acelerador del Lambo parece que puede disparar truenos y relámpagos simultáneamente. Así que es mejor que lo pienses dos veces antes de desactivar el control de estabilidad, porque todo lo que necesitas para salir de la línea es un charco o dos, algunas hojas empapadas o una imperfección imprevista en el camino. La tracción en las cuatro ruedas es una ayuda, pero la división del par favorece claramente a las ruedas traseras. En zonas lentas y sinuosas, las actitudes críticas de conducción incluyen el sobreviraje  y el subviraje por levantar gas. Es guerrero.

Muy por encima de Pistoia, en el corazón del país del jabalí, los dos coches muestran modales de carretera notablemente diferentes. In extremis, el Ferrari es rápido para cambiar de morro pesado a trasera juguetona. En las mismas carreteras a la misma velocidad, el Lamborghini es igualmente duro, pero se siente un poco más rápido girando, gracias al sistema de tracción total.

El 812 Superfast es enfáticamente tracción trasera, incluso en una carretera recta, en seco, con el acelerador a medio gas. Si bien el diseño transaxle da como resultado una distribución de peso perfectamente equilibrada. En todo momento hay suficiente fuerza para alertar al diferencial electrónico y al control de estabilidad. Con las ayudas electrónicas apagadas, el Ferrari es propenso a revolverse en condiciones difíciles.

El 812 anima a su conductor a empujar más y más profundamente en curvas cerradas, a trazar con una impresionante aceleración lateral, a estimular las ruedas motrices con generosos refuerzos de par, y a usar la dirección y el acelerador para masajear el delicado equilibrio en curva. En segunda marcha, el Ferrari enciende voluntariamente hogueras improvisadas cerca del vértice. En cuarta, las rectas se inhalan sin detenerse para respirar. En modo “Race”, los cambios de marcha a toda mecha casi duelen. Los frenos son simplemente sensacionales en términos de modularidad, rendimiento y continuidad.

En la autostrada, el Aventador es un tiburón de carretera por excelencia. Sus frenos responden con la finalidad de un interruptor de luz. La dirección pesada pero superdirecta funciona con precisión micrométrica. A gran velocidad, los amortiguadores asumen la posición más baja y la calibración más tensa. El sistema ALA puede aumentar la carga aerodinámica o reducir la resistencia por encima de 200 km/h, y el sistema de efecto suelo dividido dirige el flujo de aire a las ruedas que más lo necesitan, a través de un conjunto de aletas invisibles motorizadas.

El SVJ se siente más cómodo en circuito que el Ferrari, mientras que el 812 es mucho mejor que el Lamborghini en carreteras secundarias estrechas y/o mal asfaltadas. Ambos están en su mejor momento en carreteras rápidas, donde zigzaguean a través del tráfico como objetos alienígenas invencibles guiados desde una estrella distante.

¿Verde o rojo?

Elegir entre estos dos V12 es tan subjetivo como favorecer el vino tinto sobre el blanco. El motor Lambo marca la evolución definitiva de una leyenda que es casi tan antigua como la marca. El Ferrari es impulsado por un motor más avanzado y más económico, pero tan pronto como las revoluciones se disparan, es igual de explosivo. La lógica dice que estos deportivos son demasiado rápidos para el tráico normal, demasiado radicales para las carreteras normales, demasiado desafiantes para los propietarios normales, demasiado vulnerables para calificar como coches de diario. Pero Dios sabe que los extrañaremos cuando se vayan. 

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