Viajar en coche es una manera fantástica de descubrir mundo.  Si además lo puedes hacer gratis, resulta algo sumamente excitante. Esta es la historia de cómo mi intención de hacerme con un utilitario barato termina en la compra de una berlina Premium como es el Lexus IS200 y en un viaje lleno de lujo entre palacios y restaurantes exquisitos.

Viviendo en Barcelona, y con el acoso creciente de la administración al coche privado, ya hace tiempo que me acostumbré a ir en moto a todos lados. Es práctico y barato, razón por la cuál me deshice hace un tiempo de mi viejo Golf cabrio. Quedarme sólo con el 911 no me parecía una mala idea. Sin embargo, cada vez que te vas de fin de semana, a comer por ahí o a hacer un simple recado en coche tienes que preocuparte por donde aparcar, y para ser honestos no siempre es práctico. Es así como un día vuelves a replantearte el comprar un utilitario normal para el día a día: un simple compacto me valdría, aunque no soy amante de lo convencional…

Lexus IS200

Tomada la decisión y considerando un presupuesto reducido de alrededor de 6000€, y sin grandes pretensiones más que un motor de gasolina de mínimamente excitante, me entretengo a mirar coches de segunda mano en wallapop, ese pozo sin fondo donde encontrar ofertas de coches de todo tipo: muchas irrelevantes, otras surrealistas, y algunas, interesantes.

Tras un rato de rebuscar entre compactos discretos de ocasión, concluyo que no hay nada que me ilusione. Sin embargo filtrando por 6 en línea me sale un coche que ya tuve 10 años atrás y del que aun guardo buen recuerdo: se trata de una berlina Premium tan olvidada como buena: el Lexus IS200. Un coche exclusivo, muy fiable, divertido, bonito, y fuera del radar de la gran masa… No es ni compacto ni popular, pero sí algo exclusivo. Me gusta. En resumen,  menos de 24h después ya me están entregando las llaves de mi nuevo IS200: una de las últimas unidades matriculadas en 2005 con acabado luxury, prácticamente full equip y en un estado general muy bueno.

No sólo eso, sino que además me sale por la mitad de mi presupuesto previsto. ¿Cómo puede ser que un coche tan bueno sea tan barato? Así es la ley de la oferta y la demanda. Cierto es que se trata de un coche gastón, pero al fin y al cabo con su fiabilidad lo que gastas en gasolina te lo ahorras de reparaciones. Contento con el ahorro,  y con mi filosofía de que solo se vive una vez, decido hacer lo que más me gusta: ir de viaje con mi nuevo coche con el dinero que “no me he gastado”.

Tardo en decidir mi destino tanto como he tardado en elegir el coche: nada. Me voy a un territorio relativamente cercano que tengo muchas ganas de conocer: el norte de Portugal. Lo tenía en mente hace tiempo así que la decisión no se hace esperar. Menos de 72h después de comprar el coche, ya me  he hecho la maleta y estoy llenando el depósito y saliendo de Barcelona.

De una atacada me planto en Burgos para comer, y de ahí, a León. Hacía 20 años que no pisaba esta ciudad de Castilla y me apetece cenar de tapas frente a su bella catedral. Lo hago relajado, pues los 800 kms cubiertos desde Barcelona ni se han notado en mi cuerpo; qué cómodo es el Lexus! Empezamos bien.

Nuestro país vecino es un gran desconocido, quizás está tan cerca que en ocasiones ni nos acordamos de él. Sin embargo, tiene una riqueza de paisajes, una gastronomía y una hospitalidad genuina. Así que aun desde nuestro territorio nacional planifico un poco mi ruta para las siguientes jornadas, prescindiendo de autopistas y huyendo del tráfico.

Así empieza mi primera etapa, en la que incluso antes de llegar a la frontera portuguesa por la antigua nacional N-122A que pasa por San Martin Pedroso, ya empiezo a disfrutar de los paisajes verdes y florecidos con las ventanas bajadas.

Me acompaña el sonido del motor 6 en línea, bastante agradable, combinado con la buena música de mis anárquicas listas; Elvis, La Casa Azul, Frank Sinatra, Muse…  ¿Qué más se puede pedir?

Lexus IS200

Aunque ya había tenido uno igual, mi coche vuelve a sorprenderme. Tratándose de una berlina que empezó a comercializarse en 1999, su tacto sigue siendo a día de hoy sencillamente fantástico. Es cómodo pero muy ágil, con una dirección directa y  una suspensión firme que transmiten una gran sensación de control y precisión en todo momento.

La mañana de conducción me lleva a Braganza, una pequeña ciudad llena de historia, dominada por una gran fortaleza que durante siglos protegió a sus dominios desde su posición elevada.  Lejos de su pasado bélico, hoy en día es un sitio ideal junto al cuál degustar un buen queso acompañado de una copa de vino. Normalmente no hay que beber y conducir, pero en Portugal la tasa de alcohol permitida es el doble que en España así que estos días me podré dar el placer de tomar algún que otro buen vino durante el día, siempre manteniendo la responsabilidad por supuesto. Tras la tapa de rigor, me voy a comer con Don Antonio, el dueño del restaurante Solar Bragançano, uno de los mejores de la localidad. La hospitalidad local se hace patente inmediatamente de la mano de este auténtico caballero portugués; sus formas, su elegancia y hospitalidad al frente de su propio negocio son las de alguien que lleva muchos años siendo un referente en su ciudad. No es para menos, pues los platos que sirve son excelentes y lo sabe.

Tras esta pausa para comer y la correspondiente siesta sigo mi camino; me adentro en el parque natural de Montesinho. Mi sensación es de estar en otro siglo; muy poco tráfico, apenas algunos tractores, y animales sueltos por la carretera. En poco rato me cruzo a varios perros salvajes, un rebaño de ovejas y hasta un zorro que se queda parado mirándome. Mi ruta me hace pasar por bosques frondosos y por pueblos rurales con casitas de piedra muy pintorescas pero de aspecto humilde. Con más de 250 kms realizados, llego a mi hotel, por llamarlo de alguna forma. Tras cruzar la verja metálica que da acceso a un túnel natural de árboles, llego a una preciosa fuente que preside un soberbio y glamuroso edificio clásico. Tras detenerme ante la escalera de acceso con mi Lexus comprado a precio de saldo, viene el botones a recogerme la maleta.

Estoy en el Palacio de Vidago, una auténtica maravilla construida a principios de S. XX como residencia real y convertida en hotel de gran lujo poco después tras la abolición de la monarquía. Frecuentado durante décadas por la aristocracia y nobleza europeas, el lujo de este hotel con aguas termales es tan apabullante como exquisito. Me río por dentro al ver cómo mi Is200 comprado a precio de saldo no desentona al lado del resto de coches del parking. Porsche, Jaguar, Mercedes o Maserati. Con esta satisfacción, y tras cenar en el salón de baile me retiro a mi suite a descansar.

Tras pasar la noche como un rey, toca volver a la carretera. Una mañana de curvas me lleva hacia el parque natural del Alvao colorido con una floración excepcional, que me permite disfrutar del entorno mientras enlazo carreteritas. Con tramos de montaña de nuevo muy poco transitados gracias a que estamos entre semana, puedo exprimir verdaderamente la mecánica del Lexus  y quedo asombrado. Las sensaciones racing a ritmo alto son notables. El tacto de los frenos es muy bueno cuando eres exigente, y al paso por curva es más digno de deportivo que de berlina. Evidentemente echo de menos unos 100cv de potencia, pero para tratarse de tan sólo 155, el 6 en línea de 2 litros se defiende bien y me permite pasar un buen rato al volante.

Para comer llego a Vila-Real. En esta ciudad se encuentra el Palacio Mateus (lo reconoceréis en la etiqueta de los míticos vinos Mateus-Rosé) donde aun a día de hoy vive la familia propietaria después de 14 generaciones. Pero para mi hay algo que tiene más interés: Vila Real tiene un circuito urbano al más puro estilo Mónaco, con una historia que se remonta a la década de 1930. Desde entonces y hasta a día de hoy se siguen celebrando grandes premios por sus calles, y la pasión por el automovilismo se respira en el ambiente de esta población.

Naturalmente completo una vuelta al trazado con mi coche, aunque hacerlo con tráfico no sea muy excitante, pero algo es algo.

Después de comer, muy bien por cierto, en el elegante restaurante Cais da Vila situado en la vieja estación de tren en desuso, sigo mi recorrido, ahora hacia el río Duero. Los paisajes acompañan sobre todo cuando me adentro al valle del Douro, totalmente dominado por los viñedos, todos ellos dedicados a la producción del popular vino de Oporto. Como no podría ser de otra forma paro a hacer la pertinente degustación. Sin embargo se va un poco de las manos, cosas que pueden pasar, así que no toca conducir más por hoy y me dirijo directamente a otro hotel de ensueño: El Douro Scala, un hotel de 5 estrellas construido a partir de una antigua finca señorial que domina todo el valle.

La carretera que me ha llevado hasta allí es la N-222, por la que seguiré mi camino al día siguiente. Esta vía es considerada la más bella del mundo. Así me lo repiten varias de las personas locales que conozco allí. Por mi parte y habiendo conducido por otras de las mejores carreteras del mundo como la Transfagarasan o la Transalpina en los Cárpatos rumanos o la E69 que llega a Cabo Norte en Noruega, tengo dudas de si realmente es la más bella, pero en cualquier caso alicientes no le faltan para tal consideración: su curso por el fondo del valle del Douro junto al río es espectacular!

Después de dejar atrás tan bello paraje ahora es el turno de Porto, una ciudad tan bella como interesante, ideal para vivir según el criterio de Iker Casillas. Me alojo en el palacio do Freixo, otro enclave espectacular sobre el río Douro desde donde poder ir a la ciudad sin coche, y relajarme durante 48 horas disfrutando de buen pescado, buen vino, y un paseo por el centro subido en un Ford T eléctrico; naturalmente es una recreación, pero tiene su gracia. Además, su condición de coche limpio permite pasar por todas las calles de la ciudad incluido el barrio de la ribera sin hacer ruido.

Llena de buenos restaurantes, tesoros arquitectónicos y una hospitalidad genuina, comprendo perfectamente mi estancia en la ciudad me deja buen sabor de boca. Volveré, seguro.

Un día entero sin tocar el coche es demasiado, así que después de Oporto vuelvo a prepararme una buena ruta para los dos días siguientes considerando la vuelta a España con una última parada en Salamanca antes de volver a Barcelona. Manteniendo siempre la premisa de no dejar las vías secundarias,  me adentro en el Parque natural de Serra Estrela, una joya que además siendo entre semana me depara una carretera de montaña magnífica para mi sólo. Con visibilidad, sin tráfico… Un paraíso para sacar lo mejor de los 155cv y el cambio de 6 relaciones del IS200 y su deportivo chasis. Sigo echando de menos 100cv pero el comportamiento dinámico general es verdaderamente excepcional. Tacto muy deportivo, buena frenada, un paso por curva muy rápido, y tan sólo un poquito de sobreviraje cuando lo fuerzo demasiado. ¿Que gasta un poquito? 10L de media, podría ser peor. A cambio sé que tengo entre mis manos un coche que raramente pisará un taller por alguna avería.

La última parada para comer en territorio portugués me lleva a una histórica ciudad que hace honor a su nombre: Guarda. Allí me despido de 6 días por el norte de Portugal. He descubierto un territorio maravilloso, conocido gente tan interesante como acogedora, y me he alojado en varios palacios..  He comido en restaurantes excelentes, y además he constatado la fantástica compra que he hecho. 3000 kilómetros después, vuelvo a casa, feliz. No sin antes parar en la finca de unos amigos cerca de Salamanca, Dehesa de Ítuero, cuna del magnífico vino que lleva el mismo nombre. Tras cargar de reservas de vino mi preciado maletero, puedo irme tranquilo. Hago mi última parada en Salamanca para cenar con Alfonso, el dueño de un mítico local en la plaza Mayor, la Tahona de la abuela. Los dos somos Porschistas empedernidos, así que tenemos conversación para rato mientras saboreamos productos de la tierra. Tras disfrutar del buen jamón de bellota español y queso manchego, me puedo ir a dormir tranquilo. Mañana toca volver a Barcelona.

De camino a casa y feliz con el resultado de mis vacaciones de lujo “gratis” no puedo sino hacer un gran balance de mi compra. Tras más de 3000 kilómetros cubiertos en poco más de una semana el coche me ha ido fantástico y me ha permitido disfrutar mucho al volante. He comido estupendamente, he descubierto parajes increíbles, recorrido carreteras maravillosas y dormido en palacios de ensueño mientras descubría nuestro país vecino. Todo, sin salirme ni un euro de mi presupuesto. Puedo estar satisfecho, ¡creo que me lo quedaré mi IS una buena temporada!

Texto por: Dani Blasco

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

uno + tres =

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.