Era La primera vez que nos  salíamos del camino, y no podíamos tener peor suerte. Solo una parte de la carretera no ha sido arrasada por la riada, el único sitio que queda para poder pasar en cualquier momento puede caerse. El carril de la izquierda se veía bastante estable, pero solo con mirar al río apreciábamos que todavía el agua tenía apetito. O reaccionamos rápido o nuestro plan de ir en el Mini Cooper desde Nueva Delhi hasta el techo del mundo iba a acabar el tercer día. Así que, ¿qué podíamos hacer además de coger aire, acelerar y rezar para que el río no escogiera ese momento para desatar su furia contra la carretera? Lo más curioso es que si miramos los 10 días que ha durado nuestra aventura, esto no fue lo más peligroso que vivimos. Pasar por la carretera de Khardung La, la más alta del mundo a 5.602 metros –es más alta que la base del Everest–, tampoco fue nada fácil. Lo sabemos todo acerca de la conducción en alturas extremas. Todos estábamos expuestos a situaciones de confusión, vómitos, y edemas pulmonares o cerebrales. Tomamos una medicación que nos ayudase a adaptarnos y esto nos hizo pensar… ¿Una conducción que implica drogarse para no morir es bastante interesante, no? Según Bill Clinton, esta es la zona más peligrosa que hay sobre la Tierra.

Esto es solo una pequeña anécdota. Ahora es cuando empieza nuestro viaje. Llegamos a Nueva Delhi y nos encontramos con el periodista Bunny Punia, un joven indio que ha atravesado Khardung La en moto y en coche, pero nunca en algo con tan poca altura libre como nuestro Mini. Es un Cooper de 120 CV con la transmisión automática de seis velocidades. Para hacer de coche escoba hemos alquilado un Toyota Fortuner, un SUV local basado en una pick-up que hemos llenado de garrafas de gasolina, ruedas de repuesto, radios, un cable de remolque de acero y víveres básicos de los que se llevan a la montaña, como agua y bolsas de patatas fritas. Tengo la sensación de que todo esto nos va a hacer falta. Un largo recorrido en la India es más largo que en cualquier otra parte. Solo desde Delhi hay dos días de camino hasta llegar a las colinas que hay al pie del Himalaya. Al cabo de unas cuantas horas de viaje ya hemos visto muchos de los senderos. Hay vacas en las carreteras, calesas tiradas por hombres, familias de cuatro personas en un scooter.

Pasamos la primera noche en la relativa calma de Shimla. Una antigua estación británica a 2.200 metros de altitud. La segunda noche la hicimos en Solang, a 2.600 metros. Solo ganamos unos pocos centenares de metros cada noche, pero eso nos ayuda a adaptar nuestro cuerpo a la falta de oxígeno. A medida que conducimos hacia nuestro hotel, podemos oír cómo el río empieza a rugir, aunque no lo vemos. En las pequeñas aldeas por las que hemos pasado la gente está ya en la calle preguntándose cómo pueden protegerse de la catástrofe que se acerca con sutileza. Nuestro hotel estaba lo suficientemente alto como para ser un lugar seguro, pero la carretera que nos lleva a él no lo es. Aquí es donde empieza la historia que les contaba al principio del relato. Nunca hemos pasado tanto miedo como ese día, y nunca habíamos sentido la muerte mirarnos tan fijamente.

Solo dos carreteras llevan a las exóticas provincias de Zanskr y Ladakh, en la esquina más nororiental de la India, y a Leh, la cuidad más grande, que se encuentra a 3.500 metros, en la base del paso de Khardurg La. Las provisiones de toda la región para un año tienen que llegar en camión por esas dos carreteras que solo están abiertas durante los cuatro meses de verano. A pesar de que en los mapas podemos ver dos líneas que las representan, la palabra “carretera” es una descripción muy optimista. Hay algo de asfalto, pero también largas hileras de barro denso, agujeros, ríos que cruzan por encima y estrechamientos donde nada puede salvarte si se acerca de frente un camión de los que o te quitas, o te quita. Cada una de las carreteras tiene un paso asesino que a menudo se bloquea por coches que se atrancan, incluso cuando hace buen tiempo. En indio, se llama Rohtang La, que traducido significa “tierra de los cadáveres”. La explicación de por qué ese nombre ya es innecesaria.

MINI

Con mucho valor y mucho cuidado, pusimos nuestro Mini a prueba. Lo cierto es que, aunque las condiciones eran pésimas, conseguimos pasar con él sin utilizar ningún tipo de ayuda adicional. La escena del paso era una visión de lo que es un infierno conduciendo. La lluvia y el paso de los camiones han reducido la superficie a barro muy espeso, y los autobuses que llevan tres días viajando desde Delhi están parados a los lados llenos de pasajeros enfermos por culpa de la altitud. La cola de camiones enfrente de nosotros hace imposible que lleguemos antes de la caída del sol, así que decidimos aparcar el Mini en un lateral de la carretera y regresar tristes y frustrados a Solang en la Fortuner. No es el fin, mañana lo intentaremos de nuevo. Pero lo cierto es que al amanecer las cosas no habían mejorado mucho. Una roca enorme había caído y empujado un camión, destrozando la carretera. Los soldados con dos excavadoras JCB tardaron horas en arreglar este destrozo. Tal y como estaban las cosas, valoramos que el Mini tenía un 50% de posibilidades de pasar sin sufrir ningún daño que acabase con nuestro viaje. Si nuestro Mini Cooper se atascaba, no teníamos la seguridad de poder remolcarlo, así que lo atamos al Toyota antes de entrar en la peor parte. La operación duró 30 segundos. El Fortuner se sacudía hacia delante con mucha fuerza, mientras las rocas golpeaban al Mini por debajo. No sé describir lo que sentí cuando vi el coche al otro lado. Después de 36 horas en las que estaba casi seguro que tendríamos que abandonar, el Mini parecía estar en buen estado, sin daños visibles.

Cada vez nos encontrábamos más arriba, y estaba gratamente sorprendido de la dureza de este coche. Aprendí que mis opiniones acerca del comportamiento del coche dejan de ser importantes si no tienes pensado conducir tu Mini a más de 6.000 metros del altitud. Una vez que el barro de Rohtang La se secó y se desprendió de los bajos del coche, pudimos ver que el escape se había golpeado varias veces, y que las protecciones del motor y la caja de cambios habían sido bruscamente rediseñadas. En cualquier caso, era acero retorcido, mucho mejor que si estuviese roto. Uno de los manguitos del radiador se había desplazado, pero repararlo fue bastante fácil. El habitáculo y el mecanismo de la capota estaban recubiertos por una capa de polvo fino, pero dentro todo funcionaba perfectamente y las Continental RunFlat no se habían pinchado a pesar de los centenares de kilómetros sobre pequeñas y afiladas piedras.

El motor empezaba a perder par por encima de 4.000 metros y al arrancar, el ralentí era bastante inestable hasta que el sistema de inyección reconocía la falta de oxígeno y se ajustaba automáticamente. Lo más importarte de todo es que los frenos siempre estuvieron ahí, tanto para evitar la colisión con un camión como para permitirnos descender un desnivel de dos kilómetros en apenas una hora. Si quieres vender un automóvil con éxito en centenares de mercados, necesita estar adecuadamente diseñado para cualquier circunstancia, y este podemos asegurar que lo está. Los últimos 50 kilómetros desde Leh hasta el paso de Khardung La fueron relativamente sencillos comparados con lo que ya habíamos pasado, pero aun así decidimos que un joven monje del antiguo monasterio de Tsemo bendijese el Mini durante la subida, lo que probablemente nos salvó cinco minutos después de un fuerte accidente.

Después de una curva, llegamos a Khardung La, a 5.367 metros sobre el mar según mi altímetro. A pesar de las dudas que puede haber, la carretera más alta por la que se puede conducir. He estado planeando este viaje durante meses, y he estado convencido al menos dos veces en estos días que no íbamos a conseguirlo. Cuando lo hicimos, me bajé del Mini y casi me caigo del espaldas por la repentina falta de oxígeno.

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