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Escapada Land Rover Discovery IV: Vacaciones en Chernóbil

RevistaCAR 19 de enero, 2017 | Tiempo de lectura 5 min

El destruido reactor número cuatro de Chernóbil se vislumbra a lo lejos mientras salimos de nuestro Land Rover Discovery IV para pasar un rutinario control de radiación antes de entrar: “Luz verde, ¡todo bien!”.

Probablemente usted recuerde lo sucedido Chernóbil. La planta del reactor número cuatro
entró en crisis el 26 de abril de 1986, justo a las 1.23, irónicamente como resultado de 
un experimento que trataba de garantizar que el reactor podría funcionar
durante un corte de energía –por si pasaba alguna catástrofe natural–. El experimento perdió el 
control: las temperaturas llegaron a 3.000ºC en el reactor y una explosión esparció barras de grafito y desechos nucleares por los alrededores e hizo que la radiactividad se dispara a 9.000 roentgen –la exposición a 500 roentgens 
durante cinco horas supone una dosis mortal–. La mayor parte de la lluvia radiactiva
se centró en Bielorrusia –la Bielorrusia de hoy–, pero la nube radioactiva envolvió
 casi toda Europa, salvándose solo Portugal y un rincón en el suroeste de España.

Estamos aquí como parte de un viaje que ha organizado Land Rover con su Discovery en el año 2012, una aventura épica desde Birmingham a Beijing que casualmente también pasa a través de Ucrania y las puertas de Chernóbil. Nos preguntaron si querríamos ir y no pusimos ninguna pega.
 Eso sí, nos avisaron de que llevásemos unos zapatos a los que no les tuviésemos mucho cariño…


Los coches de la expedición son V8 ligeramente modificados –la gasolina no es muy abundante
en algunas de las regiones por las que transcurre la ruta de Land Rover–. Nosotros tenemos un 3.0 SDV6 del departamento de prensa ucraniano que va a ser utilizado
 solamente para este trayecto. Gran cosa para nosotros y para los mecánicos de la expedición, porque no les hacía mucha gracia trabajar en un coche cubierto de radiactividad. Recogemos nuestro Discovery en Kiev y conducimos fuera de la capital ucraniana, hacia el norte por la P02. Lentamente, los bloques de pisos desaparecen, en primer lugar para ser sustituidos por suburbios con mala pinta, luego, de repente, bosques infinitos
que son atravesados por largas y rectas carreteras, las
superficies onduladas causan que nuestro Discovery bote arriba y abajo a medida que viajamos por ellas. Se las arregla muy bien, pero incluso la suspensión
se estremece en protesta por algunas secciones.


De vez en cuando hay un Lada, un GAZ o un camión de transporte de madera, y a continuación,
nada, solo los bosques, camino recto, vibraciones, bosque, camino recto, repiqueteo.
Una y otra y otra vez. Finalmente, un gran cartel rojo en cirílico con 
imágenes de una central de energía expulsando humo rompe el tedio, 130 km 
desde el centro de Kiev. Nos detenemos, bajamos del cálido y acogedor interior del Discovery para tomar una foto y de repente me siento hipersensible
al aire frío que toca la parte posterior de mi garganta. Rápidamente cierro la puerta otra vez, agarro el
volante con calefacción, conduzco un poco más y pronto
llegamos a un pequeño puesto de control.

Es la puerta de entrada a Chernóbil y parece
 como si fuese un control en una frontera, como si fuésemos a otro país. En cierta 
manera, así es: de este lado de la barrera estamos en 2012, en Ucrania, pero una vez que el
 hombre comprueba nuestro pasaporte y levanta esa barrera, estamos en Rusia, abril de 1986. Estamos a punto de entrar en Pripyat, la ciudad fantasma
que la catástrofe nuclear de Chernóbil dejó atrás.


A raíz del accidente, se estableció
una zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de Chernóbil. El año pasado, las autoridades ucranianas abrieron la zona
al turismo y se puede realizar una visita guiada, siempre y cuando usted se registre y
presente toda la documentación con 11 días de antelación. Sin embargo, excepcionalmente nos han concedido un permiso especial para llevar un vehículo con nosotros. Todavía hay
una espesa capa de nieve en el suelo y se nos ha advertido de que
las carreteras de todo Pripyat están llenas de baches e inundadas en algunos lugares. En otras palabras, el territorio idóneo para el Land Rover Discovery. Por una vez, vamos
a darle uso a la altura extra, a los gruesos neumáticos de invierno y al brillante sistema de tracción a las cuatro ruedas.


Pripyat se encuentra a 3 kilómetros del reactor, y alrededor de 50.000 personas vivían aquí. Los caminos de acceso se estrechan por la descuidada vegetación.
 Botamos dentro y fuera de los surcos, atravesamos montones de nieve, el
 Discovery se siente aislado y distante en un camino que haría temblar a la mayoría de los coches. De vez en cuando el camino se acaba o tenemos que acortar
través de la nieve para acceder a una ubicación específica para fotografiar. Acabo de encender el dial de nieve del Discovery y nos marcharemos a través de
la resbaladiza superficie, un flujo constante de progreso imparable. Conducimos por viejas avenidas, edificios de viviendas abandonados, ventanas
rotas, fachadas desmoronadas.

El veneno radiactivo sigue presente en nuestra mente, pero la naturaleza se está recuperando. Max, nuestro
guía, apunta su medidor Geiger en una parcela de
 exuberante musgo: “1.000 micro-roentgen”. ¿Qué significa eso?
 ¿Es eso malo? “Lo normal debe ser entre 12 y 30 microroentgen”, dice.
 Regresamos al Discovery.
Hoy en día, obviamente, es difícil pensar en Chernóbil como algo más que
 la escena de un evento catastrófico –un Hiroshima, un Auschwitz–, pero
 antes del accidente era una sociedad modelo. “Pripyat era una especie de paraíso”, nos dice Max. “En el resto de Rusia, el salario medio era de 130 
rublos, mientras que aquí era de entre 250 y 320 rublos. Usted podía conseguir Chanel Nº5 en Pripyat 
cuando era muy difícil de encontrar en Moscú”. Ahora la hoz y el martillo permanecen oxidándose sobre el supermercado local, y el agua gotea desde el techo del
 Hotel Pollissya.

Desde el piso superior se puede ver la planta nuclear en la distancia. Hoy 
el reactor está cubierto por el mismo refugio –o sarcófago– que fue erigido
 apresuradamente a raíz del accidente. Hay una gran necesidad de
 reemplazarlo, y la lava de combustible que aún contiene todavía es altamente radiactiva. Un año después de Fukushima y un cuarto de siglo desde Chernóbil, es
 aleccionador estar aquí con los restos del sueño nuclear sembrados
delante tuyo.

En este 
medio, el Land Rover Discovery tiene todo el sentido: la calidad de marcha, la fácil
 dirección, la sensación de seguridad y protección, el impresionante 
motor con su incansable par y su cambio automático bien avenido, incluso la forma en
la que el perezoso acelerador avanza hace de todo un excelente paquete.
 Al irnos de Ucrania solo sabemos que 26 años después
 de que el reactor número cuatro explotara, Chernóbil sigue proyectando su sombra.

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