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París inspira. Paramos nuestro Cactus junto al 2CV en el Grand Palais, junto a la plaza de la Concordia. Citroën era una marca genuina innovadora y uno de los principales fabricantes del mundo, con coches cuya ingeniería estaba décadas más lejos que las de sus rivales. Entre los años treinta y los setenta, todos los Citroën tenían algo especial, diferente, inspirador. El 2CV, por ejemplo, era un coche grande y familiar en una época en la que aún no había nacido el Mini y VW se conformaba con el Escarabajo.

El Cactus es un coche, sobre todo, ligero. El capó es de aluminio, el portón de plástico, las protecciones de goma y se han quitado piezas como los cristales traseros que suben o bajen o el asiento trasero partido. El coche pesa poco más de 1.000 kilos. Esto se consigue porque el Cactus no ha sido pensado para llevar ni motores de alta cilindrada ni caros sistemas de tracción total. La revolución se asemeja mucho a la que protagonizó el 2CV. El coche era, sobre todo, ligero, lo que exigía un motor muy pequeño y de muy bajo consumo para motorizar a las zonas rurales de Francia. El Cactus tiene una posición de conducción alta, lo que da una ligera impresión de SUV, pero su techo es bajo, es muy ancho y tiene una forma cuadrada que anuncia un interior con espacio. Está protegido por una armadura de goma que se llama airbump y rodea casi todo el coche. Los asientos parecen los sofás de casa de tus padres. Incorpora los últimos motores Puretech de tres cilindros gasolina (82 o 110 CV) y los contrastados HDi de 92 o 99 CV. Potencias que, con tan bajo peso, dan muy buenas prestaciones. La lluvia no para y el pavimento en París es especialmente malo. Aquí los adoquines, los baches y los scooters aparecen por doquier. Muestra una suspensión ultra-cómoda y perfecta para rodar. No sucede lo mismo con su techo. El cristal hoy nos deja ver las gotas de lluvia, pero como no tiene cortinilla, el día que tengamos un sol hiriente estaremos atrapados en un invernadero.

El 2CV nos encanta, todo es suavísimo y nos recuerda que queremos tener uno, comprarlo, mantenerlo, verlo en el garaje, sacarlo cuando nuestro club de clásicos realice cualquier evento o con cualquier tipo de excusa. El Cactus se conduce mejor que cualquier SUV de los pequeños, es más ágil, más estable. También tiene más espacio interior y consume mucho menos… pero no tiene su atractivo. Aunque a Citroën le están saliendo los números con el Cactus, la marca ha perdido la oportunidad de hacer un nuevo 2CV al estilo del Mini o del Fiat 500, un coche que nos haga ir corriendo al concesionario.

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