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El S5 Sportback (cinco puertas) fue actualizado en verano de 2011 y es un aparato de cuidado. Con 333 CV es capaz de acelerar de 0 a 100 km/h en 5,1 segundos. Pero lo que más nos interesa es la eficaz tracción permanente Quattro con diferencial central autoblocante de corona. La distribución normal del par es del 60% detrás y el 40% al eje delantero, pero puede mandar un 85% atrás o hasta un 70% delante. Además, la respuesta del 3.0 V6 es inmediata; va sobrealimentado por un compresor volumétrico, que a diferencia de los turbos no tiene retardo en la entrega de potencia.

Antes de empezar a conducir en Laponia el monitor nos da unas vueltas para introducirnos en la técnica necesaria para rodar sobre una superficie tan deslizante. Hay que contravolantear constantemente, aunque la esencia de lo que cuenta es que hay que mover poco el volante, y ser suave y sensible tanto con la dirección como con el gas. Lo ideal para disfrutar es colocar la posición “Confort” –no “Sport”, es mejor la suspensión suave– y por supuesto desconectar el control de estabilidad “ESP”. Si lo dejas conectado, alucinarás con la facilidad con la que puede rodar el S5 con ruedas de clavos sobre el hielo. Mucho más seguro que si fueras andando, y apenas notarás algún deslizamiento que se corrige rápidamente. Pero para jugar a los rallies el “ESP” está de más. Te aproximas a la curva con el gas constante y empiezas a girar con suavidad. Llegado al punto justo basta con soltar el acelerador para que la trasera comience a deslizar, y entonces contravolanteas y puedes volver a dar gas. Es un constante juego de equilibrio y física, donde sientes cada movimiento y reacción del coche. Notas la transferencia de masas, el punto justo en el que pasas de una curva enlazada a la siguiente, cuando tienes que dejar de contravolantear a un lado para hacerlo al otro.

Si frenas en línea recta el coche decelera sin problemas, pero si lo haces tomando una curva tenderá a deslizar. Esto también puedes usarlo para colocar el coche de lado antes de dar gas. Lo malo es cuando vas rápido y subvira –tiende a seguir recto–, porque puede que no te dé tiempo a frenar lo suficiente y te subas al talud de nieve, que afortunadamente no está helada. Al final nos damos cuenta de que hemos pasado por dos fases en cuanto a actitud. En la primera lo que buscábamos eran las grandes derrapadas, tan gratificantes, pero ya al final tratábamos de hacer buenos tiempos. Eso por supuesto es mucho más difícil, porque hay que buscar un punto medio entre el deslizamiento y la eficacia o el avance, y además hay que enlazar cada curva con la siguiente, sacrificando a veces la primera por la segunda. Para hacerlo bien hay que estar muy concentrado y a veces es frustrante, te crees que lo tienes controlado y entonces empiezas a subvirar cada dos por tres. Pero siempre te quedas con ganas de conducir más y más el S5.

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