Vivimos inmersos en una revolución tecnológica sin precedentes donde los cálculos matemáticos en nuestro cerebro se utilizan para casi todo, pero al final actuamos básicamente de un modo emocional. Cuando elegimos un trabajo o una pareja, un lugar donde vivir o qué coche comprar. 

Hay coches que nos entraron por los ojos una vez y esa imagen jamás se borró. Es muy frecuente que los aficionados a los automóviles lo seamos desde niños y que recordemos el momento preciso de nuestra infancia en el que descubrimos la fascinación por un determinado modelo. Nos ha ocurrido desde que tenemos uso de razón. 

Un efecto de eso es que cada joven ha tenido una generación favorita del Porsche 911, que normalmente es la que se vendía cuando despertó su amor por el automóvil. Visto de otro modo, la juventud se nos pasa en apenas dos generaciones del 911.

Cerebro

Al cerebro le gusta la novedad

Leonhard Schilbach es doctor y neurocientífico en el Max Planck Institute de Múnich y estudia cómo se desarrolla el sistema nervioso, cuál es su estructura y cómo funciona. Esta disciplina no es nueva aunque aun tiene muchísimo por descubrir; Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) recibió el premio Nobel en 1906 por sus estudios sobre al estructura del sistema nervioso, y está considerado el padre de la neurociencia. El genio español murió antes de que naciera Porsche, de modo que será Leonhard Schilbach quien arroje algo de luz sobre como funciona nuestro cerebro. 

 “Vamos por la calle y de pronto algo capta nuestra atención. La secuencia normal (mirar, registrar y continuar) se encuentra con un obstáculo. ¡Esto debe ser nuevo! Siendo tan compleja la mente humana, seducirla es muy sencillo: basta con mostrarle algo nuevo y desconocido, y responderá con entusiasmo. Que al cerebro “le gusta la novedad” es algo que se da por hecho en la ciencia cognitiva. Un vistazo de algo nuevo, ya sea un coche, un reloj o cualquier cosa interesante, inmediatamente dispara la excitación en el cerebro del espectador. La dopamina se libera y el centro de recompensa del cerebro entra en acción. Ahora, la probabilidad de arriesgar una segunda o tercera mirada aumenta enormemente. Todo el mundo ha experimentado esto.

La pregunta es: ¿Por qué? ¿Cómo se beneficia el individuo de esta fijación con lo nuevo? La respuesta, en términos simplificados, es que cualquier cosa nueva podría ser peligrosa. Como regla general los humanos aman lo familiar. Era así en la Edad de Piedra, y no ha cambiado en el contexto cosmopolita del siglo XXI. La prioridad es que todo sea seguro, comprendido, y esté bajo control. Nuestro cerebro hace constantemente predicciones de cómo debería verse nuestro entorno y de lo que podría suceder a continuación. Esto es muy útil para ayudarnos a avanzar por el mundo con el menor esfuerzo posible. 

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Si de repente vemos algo nuevo o desconocido saltan las alarmas, se puede decir que se ha producido un error de predicción. El pronóstico continuamente actualizado de: “todo despejado”, de pronto es erróneo. Este tipo de reacción se puede desencadenar al ver un 911, el último iPhone o una estrella del cine por la calle. Para nuestros antepasados de hace 100.000 años, esa estrella podría haber sido un depredador. 

Lo nuevo aporta una inyección de dopamina, un neurotransmisor estimulante, de modo que lo que solía salvar vidas, ahora brinda un empujón y una oleada de alegría.  Esa es la sustancia que está detrás de nuestros deseos más personales, como el amor, la lujuria o la pasión”.

Científicos de la Universidad de Bonn recientemente han descubierto que incluso fotos de coches deportivos pueden activar los centros de recompensa del cerebro. Esto explicaría porqué CAR puede ser una droga…

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Pero, ¿cómo notamos que está ahí esa novedad? Sobre esto no hay duda, cuanto más grande, ruidoso y colorido sea el coche, más grande será la posibilidad de que nos fijemos en él. Pero nuestra atención no es tan simplista como eso, porque nuestros detectores de prominencia entran en acción al mismo tiempo. Estas son regiones del cerebro que evalúan la importancia de los estímulos a través bucles de retroalimentación continua. 

Si el resultado es “relevante” los detectores se aseguran de que echemos otro vistazo más de cerca. Las emociones juegan un papel central en esto; los expertos estiman que el 95% de todas estas decisiones están determinadas por emociones. 

Es perfectamente posible que alguien recuerde intuitivamente que, en un juego de cartas usado hace décadas, la del Porsche 911 era ganadora. Una memoria que informa del comportamiento futuro en cuestión de milisegundos, más allá de cualquier pensamiento. 

Esto nos lleva al terreno de la niñez. Y es que los niños carecen de ese proceso de sopesar las consecuencias. Ven un automóvil nuevo y simplemente van hacia él con una mezcla de curiosidad y deleite. 

Es muy común, sin dejar de ser interesante, ver cómo los niños pequeños reconocen un Porsche cuando lo ven, gracias sin duda a un diseño icónico. 

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Las palabras “reconocer un Porsche” conducen inexorablemente a la marca Porsche. Tiene, en fracciones de segundo, una influencia definitiva en nuestro proceso de percepción. ¿Qué asocio con la marca?, ¿qué imagen tiene?, ¿es positiva o negativa? Además, el conocimiento cultural y social que guardamos en nuestro cerebro alimenta el proceso. De repente no vemos solo un automóvil, vemos un objeto de deseo. Una forma que representa la riqueza, el éxito y, sobre todo, la libertad. 

El impulso para superar los límites ha sido una parte intrínseca del espíritu humano durante milenios. Parece que es útil, y por eso se ha mantenido. En la práctica, esto significa lo siguiente: vislumbrar algo como un nuevo Porsche permite un vuelo momentáneo de la realidad a otra vida, un sueño diurno. Esto no tiene nada que ver con si la persona puede o no permitírselo, eso no importa. 

Una marca como Porsche consigue seguidores en todos los ámbitos de la vida y en todo el planeta. Nuestros cerebros reconocen espontáneamente un nuevo modelo como relevante, lo cual es un hecho positivo. Desde el punto de vista emocional, hay muchos más conductores de Porsche que los que figuran en los archivos de los concesionarios. 

Otro aspecto interesante es que nuestros cerebros sociales nunca duermen. Esa parte de nosotros en la que comparamos constantemente nuestro estado con el de los demás, tiene una gran influencia en nuestra percepción de un automóvil. Un aspecto clave es el dueño del objeto de deseo. Si encontramos una similitud entre nosotros y el propietario del 911 en términos de edad, apariencia, vestimenta o cualquier otro rasgo, la conclusión es instantánea: podríamos ser nosotros. Entonces nuestros cerebros de repente activan lo que podríamos llamar fuegos artificiales de neurotransmisores de recompensa, lo que nos hace sentirnos bien y volver a mirar. Un aspecto extraordinario de todo esto es que el 911, que solo una pequeña parte de los conductores posee, se considera parte de la imagen de la sociedad. Uno está orgulloso de ello, aunque no lo posea. Será porque es un famoso amigo de antaño, de cuando eras un niño o cuando le veías en el juego de cartas.

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