Hace años que el mundo del automóvil dejó de mirar solo hacia el motor cuando quiso seducir. La moda entró en los concesionarios de puntillas, primero como un guiño, después como una estrategia comercial y hoy como una forma más de contar quiénes somos y qué conducimos. Un coche vestido por una firma de moda deja de ser solo un medio de transporte y pasa a ser una declaración de intenciones, un objeto que se elige tanto por cómo rueda como por lo que dice de quien va al volante.
Renault, con esa capacidad tan francesa de mezclar ingenio y desenfado, lleva décadas jugando a este juego con resultados que todavía hoy se recuerdan con una sonrisa. El Clio Baccara, aquel utilitario de los años noventa que se atrevía a vestir cuero gris, nogal en la consola y llantas de catorce pulgadas propias, demostró que el lujo también cabía en un coche pequeño y que la exquisitez no era patrimonio exclusivo de las berlinas grandes.

Pocos años después llegaron el Twingo Kenzo, con su tapicería de terciopelo de motivos florales. El propio Twingo repitió después la fórmula con Rip Curl, trasladando el espíritu playero y desenfadado de la marca de surf a un coche pensado para el día a día, una edición que más tarde también tuvo su versión en el Clio.
Pero esto no solo ha pasado en Renault. No es casualidad que las grandes marcas hayan buscado, una y otra vez, asociarse con nombres prestigiosos del universo textil. Fiat recurrió a Gucci para reinterpretar el 500; Mini hizo lo propio con Paul Smith; Maserati encontró en Ermenegildo Zegna un aliado para elevar el refinamiento de sus berlinas; Bentley convirtió a Mulliner en una auténtica casa de alta costura sobre ruedas, mientras que firmas como Hermès, Louis Vuitton o Berluti han dejado su sello en modelos convertidos hoy en piezas de colección.
ALPINE Y LACOSTE: UNA MISMA OBSESIÓN
Estas colaboraciones nunca fueron un capricho pasajero ni un simple ejercicio de marketing de temporada. Respondían a una intuición que la industria ha terminado por convertir en estrategia habitual, la certeza de que un coche también viste a quien lo conduce y que dos firmas con valores compartidos, dedicación al detalle, obsesión por el acabado, pueden contar juntas una historia que ninguna de las dos contaría igual por separado.
Con los años el ejercicio se ha sofisticado. Ya no se trata solo de tapizar un modelo de serie con una tela distinta, sino de construir, desde el primer boceto, un objeto que hable a la vez el idioma del taller y el del atelier. Ahí es donde aterriza la nueva colaboración entre Alpine y Lacoste, quizá la más radical que ha protagonizado la marca de Dieppe en mucho tiempo.
El punto de partida de este proyecto son dos hombres que, sin conocerse, compartieron una misma obsesión. René Lacoste, tenista de leyenda convertido en creador de moda, y Jean Rédélé, fundador de Alpine, entendieron muy pronto que el rendimiento y la elegancia no eran fuerzas opuestas sino aliadas, y que la ligereza, ya fuera de un polo de punto piqué o de un chasis de competición, era una forma de inteligencia aplicada.


Casi un siglo después, sus herederos han decidido poner en común ese legado con un proyecto que tiene dos caras, un vehículo único bautizado Beware of the Crocodile – Alpine Lacoste A290 Rallye, y una colección cápsula de ropa que traslada ese mismo espíritu al armario.
El coche parte de la base más extrema del A290, el A290 Rallye, la versión pensada para la competición de clientes y que ya de serie encarna la ambición de Alpine de fabricar deportivos eléctricos ágiles, compactos y accesibles.
Sobre esa plataforma, los equipos de diseño de ambas marcas han trabajado codo con codo para transformar un elemento tan reconocible como la lengua roja del cocodrilo de Lacoste en el hilo conductor de todo el vehículo.
Por fuera, el A290 Rallye Lacoste reinterpreta los códigos clásicos del rally con un lenguaje más gráfico y contemporáneo, vías ensanchadas, ruedas de líneas marcadas, aletas prominentes, un difusor imponente, una toma de aire practicada en el techo y un alerón trasero que deja claro que este no es un ejercicio cosmético.
La fibra de carbono queda a la vista en varios puntos de la carrocería, subrayando una deportividad que aquí se entiende como algo reducido a su esencia, sin adornos superfluos.
SIN DESCUIDAR LAS PRESTACIONES
Bajo esa piel se esconde una arquitectura pensada de verdad para el rally, con un chasis optimizado para ganar rigidez y precisión, suspensiones específicas desarrolladas para su uso en tierra y asfalto irregular, vías más anchas que mejoran la estabilidad y el agarre, y una aerodinámica funcional que persigue tanto la refrigeración como la carga aerodinámica a alta velocidad.
El sistema de gestión del motor eléctrico ha sido calibrado de forma específica para ofrecer una respuesta inmediata y una aceleración contundente desde el primer toque de acelerador, una cualidad que en el mundo del rally marca la diferencia entre ganar segundos y perderlos.
A esto se suman ajustes electrónicos propios que mantienen el nivel de rendimiento constante incluso en condiciones exigentes, y un sistema de frenado reforzado que persigue un comportamiento fiable y previsible en todo tipo de terreno.
La carrocería luce un blanco azulado inspirado en los paisajes alpinos, un color que evoca la nieve, el hielo y la escarcha y que incorpora partículas capaces de generar una textura sutil, casi mineral, bajo la luz.
Las firmas luminosas se han rediseñado como un guiño directo a la mirada del cocodrilo, y decenas de detalles gráficos repartidos por toda la carrocería dan testimonio del diálogo constante entre los equipos creativos de ambas marcas durante el desarrollo del proyecto.
Si el exterior invita a la contemplación, el interior busca la inmersión total. Nada más sentarse al volante, el piloto queda envuelto en un universo monocromático rojo que recuerda, de manera literal, a las fauces del propio cocodrilo.


Ese rojo intenso no es solo una decisión estética, sino un recurso pensado para estimular los sentidos y acompañar la búsqueda del rendimiento desde el primer metro.
En la parte trasera del habitáculo, la silueta de un cocodrilo al acecho parece querer apretar el cronómetro, convirtiendo a quien se sienta en el asiento del copiloto en un auténtico cocropiloto en busca de la trazada perfecta.
La característica tela petit piqué de Lacoste, la misma que ha vestido generaciones de deportistas, cubre aquí los asientos y los paneles de las puertas, con un bordado realizado por Potencier, el taller histórico responsable de los famosos cocodrilos bordados de los polos de la marca. Un logotipo conjunto Alpine x Lacoste, trabajado a modo de bajorrelieve, remata el conjunto con un punto de sobriedad.
El habitáculo juega también con el contraste entre superficies técnicas y materiales más envolventes. Los elementos estructurales reciben un acabado anodizado en rojo, mientras que los asientos de rally incorporan piezas impresas en tres dimensiones fabricadas por ERPRO, una tecnología que permite recurrir a estructuras reticulares capaces de combinar ligereza, comodidad y rendimiento en un mismo componente.
No es un detalle menor, sino la prueba de que uno de los principios fundacionales de ambas marcas, la búsqueda del rendimiento a través de un diseño inteligente, sigue vivo casi un siglo después.
Esta filosofía forma parte de una estrategia más amplia de reducción de peso y optimización funcional, un terreno en el que cada kilogramo de más se paga caro cuando se compite en un rally.
Como guiño final, y buena prueba del sentido del humor que ha acompañado todo el proyecto, el vehículo esconde nada menos que doscientos noventa cocodrilos integrados en distintos puntos de su diseño, un número que no es casual y que remite directamente al propio nombre del modelo.
TAMBIÉN JUEGAN CON EL SÉPTIMO ARTE
La colaboración no se queda en el mundo del metal y la fibra de carbono. Alpine y Lacoste han presentado también Le Test, una película producida por Ninety Films y protagonizada por el actor Pierre Niney, cofundador de la productora y embajador de Lacoste, junto al piloto de Fórmula 1 Pierre Gasly, también embajador de la marca del cocodrilo.
Ambos se interpretan a sí mismos en un encuentro tan cómplice como inesperado alrededor del ejemplar único del A290 Rallye, en un tono que mezcla el humor con la maestría técnica y que resume, mejor que cualquier nota de prensa, el espíritu lúdico que ha guiado todo el proyecto.




Eric Vallat, consejero delegado de Lacoste, ha resumido la filosofía del proyecto recordando que ambas marcas comparten una misma cultura de innovación, impulsada desde sus orígenes por pioneros convencidos de que el rendimiento nace tanto del ingenio como del dominio del detalle.
Antony Villain, vicepresidente de diseño de Alpine, ha ido un poco más allá al describir el A290 Rallye Lacoste como un coche diseñado para la pista pero con un verdadero sello estético, fruto de la unión entre la pericia técnica de la competición y la elegancia de un estilo atemporal.
Lo cierto es que pocas colaboraciones entre una casa de moda y un fabricante de coches han llegado tan lejos en la coherencia entre ambos mundos. Aquí no hay una pegatina, ni un color exclusivo aplicado sobre un modelo de catálogo, sino un vehículo pensado desde el primer boceto para sostener ese diálogo, con una base técnica real de competición y un discurso estético que se despliega hasta el último tornillo.
Y en la revista llevamos veinte años viendo pasar ediciones especiales, algunas memorables y otras rápidamente olvidadas, así que sabemos reconocer cuándo un proyecto de este tipo tiene fondo y cuándo se queda solo en la superficie.
LA TÉCNICA Y EL BUEN GUSTO NO COMPITEN
Conviene recordar, además, que este ejercicio no nace de la nada dentro de la propia Alpine. La marca de Dieppe lleva desde su fundación entendiendo el automóvil como un objeto donde la técnica y el buen gusto no compiten, sino que se necesitan mutuamente, una filosofía que ha heredado de Jean Rédélé y que hoy sostiene tanto el renacer del A110 como la llegada de modelos eléctricos como el propio A290.
Lacoste, por su parte, lleva casi un siglo demostrando que la ropa deportiva también puede ser elegante sin perder funcionalidad, algo que encaja de manera casi natural con la manera en que Alpine entiende sus coches. Que ambas marcas hayan tardado tanto en encontrarse resulta, visto en perspectiva, casi sorprendente.




La cita para ver en carne y hueso este ejemplar único no podía ser otra que el concurso de elegancia de Chantilly, uno de los escaparates más exclusivos del calendario automovilístico europeo, donde cada año coinciden algunas de las piezas más singulares de la historia del automóvil con las últimas propuestas de los grandes fabricantes.
Rodeado de coches centenarios, prototipos de vanguardia y colecciones firmadas por las casas de moda más admiradas de Europa, el A290 Rallye Lacoste encontrará allí un escenario a la altura de su ambición, un jardín donde la mecánica y la elegancia llevan compartiendo protagonismo desde hace más de una década.
Poder contemplar allí, entre los jardines del castillo, un coche que resume tan bien el diálogo entre el circuito y la pasarela será, sin exagerar, un auténtico privilegio para quienes tengamos la suerte de estar presentes.








