Con motivo del regreso de la marca italiana a la Fórmula 1, repasamos la historia de uno que marcó una época. El Alfa Romeo 159 GP.

Imagina. ¡El coche de Fangio! No es como coger prestado el Mondeo de tu padre, ¿verdad? Hablamos del bólido con el que el legendario piloto se alzó con la victoria en el lejano 1951, el Alfa 159 Grand Prix, una de las cuatro unidades que existen en el mundo. No sólo es la joya de la corona del museo de la firma de Arese; además, es una de las reliquias más emblemáticas en la historia de la categoría reina. Poca gente lo ha llevado. Para mí, conducirlo, es un honor.

Y entonces veo que los pedales están al revés. Es lo que hay. Fangio completó una y otra vuelta en el “infierno verde” de Nürburgring con el pedal del acelerador en el medio. Tú y yo recelaríamos con un interruptor mal posicionado, pero Fangio soltaba su coche de calle y alegremente se encaramaba los fines de semana a su bólido de carreras con el pedal de freno bajo el pie derecho, el del embrague bajo el izquierdo y el acelerador entre uno y otro.

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Reconozco que la versatilidad de Fangio no me inspira confianza. Si me despisto y llego a una curva rapidito pisando el pedal central para perder velocidad, terminaré saliendo recto como una bala por la tangente y sobre la hierba, como una de esas pelotas de golf erradas que acaban buscando entre árboles y matojos. Seguro que me tendrían que rescatar con motosierra…

Por cierto, se me olvidaba: el cambio también va al revés, en concreto en la mano izquierda. Es tan puñetero como divertido, porque tienes que agarrar el pequeño pomo negro y, para meter primera, subirlo a la derecha, bajarlo por la misma guía para engranar segunda, subir a la izquierda para tercera y bajar para meter cuarta. Básicamente, poner el cerebro patas arriba.

Entonces, ¿por qué Alfa asume el riesgo de poner el coche en manos ajenas? La respuesta es fácil: en 2010 los astros se han alineado, y además de ser el centenario de la marca se cumple el 60 aniversario del arranque oficial de la Fórmula 1. En 1950, el primer título fue para Nino Farina con un Alfa 158 que luego derivó a nuestro 159. Así que este coche es la máxima expresión de la leyenda del “Gran Circo”, una historia que debe ser contada.

Pero antes de nada, hay que arrancarlo, lo que por cierto lleva 45 minutos. Es toda una liturgia: dos veteranos enfundados en impolutos monos blancos abren el capó para dejar al aire el alargado y bajo 1.5 de ocho cilindros en línea, con compresor, que libera 425 CV. Montado sobre un ligero bastidor de aluminio, facilita una ratio de escándalo: 600 CV por tonelada, más allá de los 522 que arroja el masivo Bugatti Veyron 16.4. Y con los pedales al revés…

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El 159 GP se mueve gracias a una extraña mezcla de metanol, agua y aceite, pero previamente obliga a impregnar los carburadores de gasolina y a montar, provisionalmente, unas bujías externas antes de conectar el starter a través de la parrilla, para arrancar el motor.

Los “ingenieros” trabajan de forma metódica y pausada, en silencio. Una bandada de pájaros sobrevuela la pista de pruebas de Alfa Romeo en Balocco; la mañana es soleada y húmeda. Entonces, con una señal entre ellos, el starter se pone en marcha y comienza a emitir un zumbido, el motor carraspea y al instante el 159 GP cobra vida. Rápidamente, un gruñido llena el ambiente (mientras un cálido aroma a aceite envuelve el coche). Es bajo, pero rico y rítmico, hasta que los mecánicos lo revolucionan para que coja temperatura. Entonces brama con la fuerza de mil demonios, anunciando su potencial. No te olvides: tiene 60 años, pero sigue siendo un intimidatorio bólido de F1. Con los pedales al revés…

Los mecánicos desconectan los apoyos periféricos. Llega la hora de la verdad: conducirlo. Salto por encima de su alargada y sangrienta fisonomía y me acoplo como puedo al báquet marrón de tela (el asiento del mismísimo Fangio), mientras intento meter las piernas por debajo del enorme volante de madera.

Los mecánicos no hablan inglés y yo no hablo italiano, así que el briefing es todo un desafío. Miro al bigote de uno de ellos e intento seguir las instrucciones que me marcan sobre el encendido, la bomba del combustible y el cambio de marchas. Ni siquiera ha mencionado que los pedales van al revés, en serio.

Con un gesto me indica que meta segunda, y ambos me empujan a pista. Después de unos metros chirriando los neumáticos, gritan: “¡Ora! ¡Vada!” Suelto el embrague. Allá voy. Pof, pof, pof ¡¡BUARRRRRR!! El ocho cilindros en línea se desata soltando todo su odio a través de un alargado escape que, una vez más, siega la quietud matinal.

Esto gana velocidad por instantes. No miro hacia atrás, sino a la pista pensando: “El freno a la derecha, el freno a la derecha”. Encaro las primeras curvas vagamente y el motor se queja. Pide velocidad. Piso suavemente y el “bicho” se lanza como un poseso. Es increíblemente fuerte, bonito y progresivo. Giro a la izquierda; llega el momento de frenar. Reflexiono un instante, y piso. El pedal es rígido e indiferente. En su día, el coche era tecnología punta, pero a estas alturas esos viejos tambores …

Pasa lo mismo que con la dirección. No importa lo cerca que te sientes o lo plegados que lleves los codos: pese a la ligereza del conjunto y la estrechez de sus neumáticos necesita mano dura en los giros, un esfuerzo que empiezo a acusar con el paso de los minutos. También la suspensión se siente antigua, agitándome y haciéndome botar verticalmente. No es lo que se dice un instrumento de precisión.

Pero (y sabías que habría un “pero”) el 159 atesora dos virtudes incuestionables que se proyectan como rayos láser a través de sus seis décadas de existencia. Por una parte, el motor, sencillamente monumental: un descarado dos tiempos sobrealimentado que rezuma la soberbia y la suficiencia de los grandes, con una fuerza a la salida de curvas y sobre todo en rectas literalmente capaz de hundirte en el báquet, como los mejores superdeportitos modernos. En tercera es artillería pura. Meto cuarta, un lapso, y suelta un torrente de ruido y velocidad propio de un 5.0 V8 cuando, recuerda, no es más que un 1.5.

De otra, el comportamiento. No es ya el agarre o la direccionalidad. Hablo de la actitud que el 159 adopta en curva. Una vez trazas, sientes como la zaga se acomoda. Sin deslizamiento que valga, sino apuntando al ángulo de ataque. Fangio sabía cómo dominarla negociando virajes como estos a más de 160 km/h, con deslizamientos laterales sorprendentes. Tras cinco vueltas, exploro estas posibilidades a base de gas, y descubro que no es tan temerario como hace pensar, sino mucho más ágil y aplomado de lo previsto. Lo juro, puedes sentirlo, es la forma en la que ha sido puesto a punto y para lo que fue construido.

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