¿Con cuál te quedas? Mercedes SL63 AMG (2017) o Mercedes SL55 AMG (2004)

¿Con cuál te quedas? Mercedes SL63 AMG (2017) o Mercedes SL55 AMG (2004)

Algunos tenemos la suerte de probar muchos coches, algunos muy deseables. Pero el disfrute se acaba al devolverlos ya que, por su precio, están completamente fuera de nuestro alcance. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si, por una fracción del precio pudiéramos obtener gran parte del beneficio? Esto es precisamente lo que sucede con el SL63 AMG de 2017 y el SL55 AMG de 2004. Haciendo historia, el Mercedes SL es uno de los modelos más longevos, estando ininterrumpidamente en producción desde 1954, cuando se lanzó el SL300 “alas de gaviota”.

Para ser más precisos, el primer SL como lo entendemos hoy, fue el SL300 roadster de 1957. Y, desde entonces, durante 60 años, ha mantenido el mismo esquema –con poquísimas excepciones– de descapotable biplaza, con motor delantero grande –al menos de 6 cilindros, normalmente V8 e incluso V12– y tracción trasera. Durante estas 7 generaciones, nunca se ha profanado con motores de 4 cilindros –salvo el muy antiguo 190SL–, diésel o tracción total. Siempre ha mantenido el mismo concepto de vehículo muy lujoso, rapidísimo, confortable, potente y tecnológicamente avanzado. Sobre todo, como corresponde al Mercedes más alto de gama, con una calidad de ingeniería, fabricación y materiales por encima de cualquier competidor.

No hay ningún coche más overengineered que un SL. Desde el grosor de las puertas –típico de los SL– al encaje de los cristales, el funcionamiento del techo, la suspensión… todo es meticulosamente perfecto, es el culmen de la ingeniería de automoción. Y tanto me gustan, que tengo uno, el SL55 azul de las fotos. Lo compré en muy buen estado y no me ha dado más que satisfacciones. Anteriormente tuve un 911 de aire –un 964 de 1989– y el cambio fue tremendo. El Porsche era un pura sangre, muy divertido en carreteras de curvas pero algo áspero en conducción normal. El SL, en cambio, es más utilizable, comodísimo para viajar, una delicia como descapotable y con un motor con un sonido y un empuje apabullante.

LA EVOLUCIÓN NUNCA SE DETIENE

La fiabilidad es muy buena pero es muy complicado –sobre todo de electrónica– y si algún día pasa algo, la reparación no será barata. Especialmente sensible es la suspensión neumática, cuyo remplazo cuesta más del 1.000 euros por amortiguador. Y es que debemos recordar que este era un modelo de 120.000 euros y, aunque se haya depreciado, los costes de mantenimiento, consumo y reparación siguen correspondiendo a un coche de ese calibre. En cualquier caso, son mucho menores que los de un Porsche o Ferrari equivalentes. Porque no debemos olvidar que tiene 500CV y con él se puede ir rapidísimo, sobre todo en autopista y carreteras amplias.

En esas circunstancias, la aceleración es demoledora, basada en la fuerza bruta del motor, que es un disparate. A veces me pregunto en qué estarían pensando los diseñadores del SL55 AMG: “Le hemos puesto un V8 de 5.5 litros… ¿No se quedará corto? Sí, vamos a añadirle un compresor, por si acaso”. Y si con el motor del SL55 –también usado en el McLaren SLR– se les fue la mano, con el del SL63 se les fue la cabeza. A otro V8, también de 5.5 litros, le han añadido no uno, sino dos turbos. El resultado da miedo, no tanto por los 585 CV, sino por los 900 Nm, disponibles inmediatamente. En serio, no se puede decir que un R8 V10 (540 Nm) o un 911 Turbo (660 Nm) vayan mal servidos, pero esto está en otra liga. Es una catapulta, un inacabable torrente de par en cualquier marcha y a cualquier velocidad.

EL ÚNICO LÍMITE ES EL SENTIDO COMÚN

Con semejante motor, es el arma definitiva en una autopista –o, mejor dicho, en una autobahn– con muchísimo aplomo. La dirección es muy precisa y se puede trazar con precisión milimétrica en curvas amplias. Lógicamente, no es el coche ideal para trazados muy ratoneros, donde por su peso, motor delantero y casi excesiva potencia, resulta menos ágil que los mencionados R8 y 911. Pero en cuanto la carretera se despeja, el único límite es el sentido común.

Pero las virtudes del SL63 no acaban cuando se baja el ritmo. Como Gran Turismo para viajar es sensacional, comodísimo, fácil de conducir ligero y con todos los gadgets imaginables. Amplio por dentro, con una suspensión que absorbe todas las irregularidades y muy silencioso… salvo que se pise a fondo, claro. Por si fuera poco, también se puede usar como descapotable, con la ventaja añadida del techo metálico retráctil que hace que, en la práctica, sea un cupé cuando está cerrado.

En realidad, es como tener como tener tres coches en uno, un descapotable, un deportivo y un Gran Turismo. Todo al máximo nivel y sin ninguna de las desventajas de un superdeportivo. Se puede usar perfectamente a diario e, incluso, su consumo es moderado. ¿Y cómo queda el SL55 en comparación? Pues mantiene muy bien el tipo. A ritmo suave es igual de cómodo e incluso podría decir que el interior es más lujoso. Como descapotables, los dos son igual de magníficos.

Lógicamente, la mayor diferencia se refiere a la conducción deportiva. En el SL63 la caja de cambios es mucho más rápida y la dirección y frenos más directos. El motor corre mucho más pero ambos suenan muy bonito y tampoco podemos decir que los 500 CV del SL55 sean escasos… En resumen, el SL63 me ha encantado. Aunque el concepto es muy similar al SL55, el moderno mejora en todos los aspectos sin perder ninguna de sus virtudes. Pero he de reconocer que, por los 200.000 euros que cuesta, hay otros coches que también son muy tentadores. En cambio, por unos 25.000 euros, veo complicado encontrar algo mejor y más potente que un SL55.

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