Nos subimos a los Autos Locos: “¡Y allá van de nuevo!”

Nos subimos a los Autos Locos: “¡Y allá van de nuevo!”

Llegas un día a la oficina y tu jefe te dice que te vayas a conducir los Autos Locos de los dibujos animados. Lo primero que piensas es: ¿Tan malo fue mi último artículo? Pides un poco más de información y te lo explican: “Sí hombre, los coches de Pierre Nodoyuna, Penélope Glamour y toda esa panda…”, definitivamente alguien ha echado algo en la máquina del café.

Para los que vivieron su infancia entre 1968 y la década siguiente, seguro que los Autos Locos –el nombre original de la serie es Wacky Races– les traen muchos recuerdos. Uno tiende a pensar que se produjeron cientos de capítulos, pero la realidad es que solo fueron 17 episodios, con dos carreras en cada uno, emitidos eso sí, hasta la saciedad. El show de dibujos animados creados por Hanna-Barbera se estrenó en la CBS en 1968 y estaba inspirado en la película The great race (1965) –en España La carrera del siglo–, con Tony Curtis y Jack Lemon. Después hubo algunas secuelas, como El escuadrón diabólico, donde Pierre Nodoyuna y Patán eran aviadores que trataban de capturar al Palomo Mensajero.


En 2000 Lord March, el fundador del Festival of Speed de Goodwood, tuvo una visión, y ya se sabe que a excentricidades nadie gana a los ingleses. Recuerden a Lord Rothschild, aquel que usaba cebras para tirar de su carruaje. Lord Mach encargó primero el coche rosa de Penélope Glamour y el Super Ferrari –nombre original, Mean Machine– conducido por Pierre Nodoyuna y su perro Patán. Y, como tuvieron tanto éxito entre el público, decidieron fabricar todos los modelos de la serie. Después de ocho años ya están los 11 autos locos, y se expondrán en el festival británico a principios de julio. Antes de que eso ocurra, CAR ha tenido acceso a estos geniales cacharros durante una jornada, por supuesto muy loca, en el circuito de Goodwood.


Cuando llegamos al histórico autódromo, los coches ya estaban colocados en la parrilla. Son tan reales, con sus disparatadas formas y sus vivos colores, que parece que te has colado en un lisérgico mundo paralelo donde los perros se ríen, los coches vuelan y donde te estrellas contra un árbol y no sufres ni un rasguño.


Allí conocimos a Andy Dance, el hombre que se ha encargado de construirlos. Parece muy normal, no es un freaky ni nada parecido. Su empresa Model-Tech construye los coches de carreras de Ford y Honda para el campeonato BTCC británico, y también restauran coches de competición. “Somos especialistas en carrocerías”, nos explica Andy. “El proceso empieza con la figura humana, y a partir de ahí decidimos la distancia entre ejes. La única base que tenemos son los dibujos oficiales de la Warner Bros, con vistas laterales, frontales y traseras. Algunos aspectos de los dibujos animados no se pueden llevar a la realidad, pero tratamos de racionalizarlos para llevarlos a la práctica sin que pierdan su esencia. Por ejemplo, el Espantamóvil es más ancho que en los dibujos”.


El siguiente paso es encontrar el vehículo adecuado para usar como donante, para coger su plataforma y sobre ella construir la nueva carrocería de metal y fibra de vidrio. “Para el Superheterodino usamos un Volkswagen Escarabajo, por la posición trasera del motor. El dibujo sugiere un V6 delantero, pero en la aplicación real no dejaría sitio para las piernas del piloto”. La mayoría de los coches usan la base de utilitarios de la década de los ochenta, y es un poco frustrante saber que la estrella de la serie, el Súper Ferrari, lleva la mecánica de un Austin Metro… ¿No había por ahí un V8 americano?


Por supuesto, tenemos que empezar conduciendo el coche del villano Pierre Nodoyuna, siempre cargado con instrumentos para tratar de sabotear al resto de los corredores. Todos los autos locos tienen los escapes modificados o simplemente no llevan, y queda claro que así hasta un simple Metro puede sonar imponente. El volante ha sido cortado para crear algo parecido a la dirección del Batmobile, y a 60 km/h, sin parabrisas y con ese ruido del motor, da sensación de velocidad.

El coche de Penélope Glamour también es un Austin Metro, aunque resulta más refinado por su parabrisas y el sonido del escape. El mejor dotado mecánicamente es el Espantamóvil, un peculiar coche fúnebre basado en todo un Mercedes 450 V8, y son reconocibles tanto los asientos como la instrumentación y el volante. Lo que no han podido incluir Andy y sus chicos es el dragón y los murciélagos de la torre. En cambio, en el Súper Chatarra Especial es imposible identificar nada para tratar de desvelar su origen. Está basado en una furgoneta Bedford, y su traqueteo diésel resulta perfecto. En este caso, el mejor sitio no es el del conductor, sino el que ocupa el sargento Blast, subido a la torreta. La pequeña entrada está en la parte trasera del peculiar carro de combate, y se sube por dentro. Rodar encaramado ahí arriba te hace sentir como una antena en el techo de un camión.

El otro gigante es la Antigualla Blindada de los siete pequeños mafiosos, construida sobre la base de una ambulancia LDV con motor V8 de 3.9 litros. Siempre me ha hecho gracia que vayan todos delante, pero compruebo que no caben siete asientos. Suena con ese característico blub-blub-blub, y ruge como un coche de la NASCAR cuando acelera. En el polo opuesto está el Auto Súper Convertible del profesor chiflado, que se ha construido sobre un Reliant Robin –un viejo coche inglés de tres ruedas–. La cosa es aún peor si tenemos en cuenta que el conductor va casi sentado sobre la única rueda delantera. Raro, raro, como una de esas bicis de titiritero con una sola rueda. En este último caso lograr una buena estabilidad es casi imposible, pero aún así el equipo de Andy lo ha intentado en cada una de sus creaciones. Al fin y al cabo son coches de carreras…

El Troncoswagen es un Fiat Cincuecento recortado. “Lo escogimos por su anchura, y después lo acortamos mucho. Le tuvimos que poner contrapesos atrás, porque frena tan bien que tendía a clavar el morro cuando lo pisabas”. Las jornadas de pruebas debieron ser todo un espectáculo. Mucho más deportivo es el Rocomóvil de los hermanos Macana. Por cierto, en febrero vi en el carnaval de Águilas uno casi igual, pero con los trogloditas dentro… Es un Mini acortado, aligerado y con un motor de 1.3 litros, así que más que correr, vuela. Sin embargo, no me han confirmado que lleve arcos de seguridad de los que se despliegan en caso de vuelco, así que intento tomármelo con calma.

Mi favorito es sin duda el Stuka Raduka, ese avión para volar por la autopista. Lleva motor central, y le pregunto si está basado en un Toyota Previa de primera generación. Me dice que no, en este caso la víctima fue una pequeña furgoneta Bedford Rascal, un bote equipado con un motorcillo de 1 litro y 60 CV. Creo recordar que en España se vendieron algunas como GME Rascal. El caso es que convertida en avión va muy bien, y gana mucho con su preciosa carro­cería de acero moldeada a mano. Dice Andy que, por culpa de las alas, puede ser traicionero cuando hay rachas de viento, pero a sus mandos no puedo evitar lucir una sonrisa malvada al más puro estilo Pierre Nodoyuna.


Salgo del circuito pensando en el auto loco ideal, y cuando me voy a montar en mi Golf GTI me parece un coche muy soso, muy blanco, demasiado convencional… Sigo pensando que alguien nos echó algo en el café. 

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