Mazda Cosmo 100S: “rotamos” por las tierras altas

Mazda Cosmo 100S: “rotamos” por las tierras altas

La cuna del coraje, el país del valor; dondequiera que ando, dondequiera que voy, los montes de las Tierras Altas están en mi corazón”. Así rezan los versos de Robert Burns, el poeta más venerado de Escocia, que vivió en la segunda mitad del siglo XVIII. En su oda al imponente paisaje de la región más apartada de las islas británicas no escatimó los elogios a las “montañas cubiertas de nieve”, “las riberas y verdes valles” y los “bosques y arboledas”.

No obstante, al salir de Inverness, capital de la región escocesa de las Tierras Altas, me cuesta imaginarme a qué se refería el célebre poeta. Una complicada red de carreteras de doble calzada y aspecto urbano, unidas por las inevitables rotondas, nos permite dejar atrás esta humilde y remota ciudad para empezar a saborear el aire puro y un ondulado paisaje de brezales y tierras sin cultivar. A nuestro paso por los adormilados pueblos de Kirkhill, Muir of Ord y Strathpeffer disfrutamos de unas estampas idílicas, muy similares a las de la verde campiña inglesa, pero yo no les aplicaría el calificativo de espectaculares. ¿Será que mis expectativas eran demasiado altas?


Por suerte, el viaje ofrece otras distracciones. Sin ir más lejos, el medio de transporte. El Cosmo 110S, conocido solo por los más fervientes amantes del motor, es la niña de los ojos de todos los fans de Mazda. Con su motor de doble rotor, el primero en un vehículo de fabricación en serie, el Cosmo fue el espejo en que se miraron todos los deportivos Mazda con motor rotativo que se crearon a partir de ese momento: un sportster de líneas limpias y estilo inconfundible que reflejaba la confianza de la firma en sus propias posibilidades.

Para Mazda, el motor rotativo era el futuro y, tras el lanzamiento del Cosmo en 1967, continuó produciendo vehículos con este tipo de motor hasta bien entrado el siglo XXI, con modelos tan emblemáticos como el RX-7 FD y el futurista RX-8. El propio Cosmo continuó fabricándose hasta 1972; más de 1.100 ejemplares salieron de la cadena de montaje de Hiroshima.

Volvamos a nuestro Cosmo. Este 110S de 1968, un modelo de exportación, no es de los que se exponen, impolutos, en las ferias de vehículos clásicos, sino un coche de faena y, por si fuera poco, el único Cosmo 110S con permiso de circulación en todo el Reino Unido. Su propietario es Phil Blake, un coleccionista compulsivo de vehículos con motor rotativo y firme partidario de sacarlos a la carretera en lugar de tenerlos guardados en un garaje. Phil ha tenido la amabilidad de prestarnos su adorado Cosmo y así es como hemos terminado acelerando por la autopista A9, siguiendo la nueva ruta circular North Coast 500 que recorre la zona norte de las Tierras Altas, cómodamente instalados en uno de los vehículos japoneses más interesantes de la historia.

Como ya he dicho, hasta ahora el paisaje no está a la altura de lo que estamos viviendo al volante: el motor de doble rotor del Cosmo solo tiene 491 cc x 2, pero en su día era capaz de rugir con una potencia de hasta 110 CV. Al nuestro le falta algún que otro caballo, ya que a fin de cuentas tiene 48 años y ha conservado el motor original, pero se mueve con una soltura envidiable y el rasposo bramido de su escape intensifica la sensación de velocidad, mientras que sus delgadísimos neumáticos se agarran al asfalto como ventosas. El resultado es un coche con porte firme, seguro y ágil.

EN LA MÁQUINA DEL TIEMPO

A medida que nos alejamos de Inverness y nos adentramos en el indómito norte escocés, se va perfilando el objetivo real de este viaje. Tal y como el Cosmo lleva grabada a fuego la marca del pasado, también este agreste paisaje es una ventana abierta a tiempos pretéritos. No solo me refiero a las Tierras Altas, sino a toda la Escocia rural de 2016. La mayoría de las cosas que nos acompañan en el día a día, como Internet, Starbucks o Kim Kardashian, aquí brillan por su ausencia.

La gente es amable pero escasa y siempre te dejan con la sensación de que tienen cosas más importantes en qué pensar. Las Tierras Altas ocupan una extensión inmensa, casi 25.800 km2, pero tienen apenas 90.000 habitantes. La mayor parte de este territorio está deshabitado, con la excepción de los rebaños de ovejas que pastan en los prados o se pasean por las carreteras desiertas. En muchos sentidos es como retroceder 50 años en el tiempo, cuando los coches no tenían ABS, airbags ni GPS.

Nuestro Cosmo, que ya ronda la cincuentena, no tiene ninguno de estos inventos y nosotros vamos a mantenernos fieles a su esencia. No vamos a usar ningún artilugio de última generación en este viaje: mapas de papel y nada más. Inaugurada por la secretaría de turismo de Escocia a finales de 2014, la ruta North Coast 500 se presentó como una especie de versión escocesa de la Ruta 66.

Sospecho que por el camino no vamos a encontrarnos con los botes de kétchup gigantes, ni con los museos de huesos de dinosaurio que amenizan el viaje por la carretera americana por excelencia, pero la NC500 empieza a ponerse interesante nada más salir de la A9 y poner rumbo a la localidad de Achnasheen, nuestra primera parada en la comarca de Wester Ross. A partir de este punto, y en dirección suroeste, el camino nos brinda unas espectaculares vistas de los lagos Carron y Kishorn antes de iniciar el ascenso al puerto de Applecross, una sinuosa carretera que sube hasta 626 metros entre riscos y peñascos.

Desde la cima contemplamos las aguas del Inner Sound y, más allá, la isla de Raasay. Las diminutas proporciones del Cosmo nos vienen de perlas aquí: no es este un lugar para vehículos grandes, autocares o caravanas. La vía es estrecha como una callejuela de pueblo y peleona como pocas. Y por supuesto de doble sentido, de modo que no podemos recrearnos con vistas del mar hasta que llegamos a la bonita localidad de Applecross.

El imponente panorama continúa mientras rodeamos el lago Torridon y a partir de ahí la carretera se ensancha para recorrer los lagos de Maree, Gairloch y Ewe hasta Ullapool, la localidad más animada de Wester Ross. A lo largo de la costa occidental de la NC500, las constantes metamorfosis del paisaje y el clima nos dejan boquiabiertos: si ahora parece que estamos en la exuberante costa de Cornualles, al rato nos vemos cruzando un bosque típico escandinavo o avanzando por yermas llanuras en plena nevada.

El Cosmo tiene el centro de gravedad muy bajo y los retrovisores montados en el capó son imprescindibles para situarse en la carretera, con las manos clavadas en el enorme volante de tres radios chapado en madera. Los asientos tapizados de pata de gallo y los controles tipo avión, con grandes esferas, reafirman su aire clásico.

El cambio de cuatro marchas rasca un poco al arrancar pero funciona como la seda una vez que el Cosmo está un poco más rodado. El 110S derrocha revoluciones: en un abrir y cerrar de ojos sube de 3.000 rpm hasta su nivel máximo de 7.000, y tanto los frenos como la dirección, deliciosamente desasistidos, van de maravilla.

MANTENIENDO EL EQUILIBRIO

Al pasar por Durness –el municipio más apartado y menos poblado del Reino Unido–, la carretera atraviesa una serie interminable de montes de cuarcita y páramos recubiertos de un manto de turba donde el Cosmo se las ve y se las desea para mantener el equilibrio sobre un asfalto irregular y maltrecho.

Cuando por fin llegamos a la costa oriental de la región de Sutherland, aceleramos el paso dejando atrás ruinas de la Edad de Hierro, una necrópolis de la Edad de Bronce, varias curiosas construcciones llamadas “brochs” y unas pocas aldeas con nombres en nórdico antiguo. Después de atravesar otro inhóspito páramo llegamos a la comarca de Caithness y a la costa oriental de la NC500, conocida como el final de Europa.

El paisaje se allana y despliega un manto parcheado de diferentes tonos de verde y punteado por algún viejo caserón. Visitamos John O’Groats, el punto más septentrional de las islas británicas, antes de cubrir nuestro Cosmo con una lona impermeable para pasar la noche en la localidad portuaria de Wick. Cuando a la mañana siguiente reanudamos la marcha, el abrupto paisaje va dando paso a verdes valles, una costa más suave, playas apacibles y campos de flores silvestres. También las carreteras muestran un perfil más amable, especialmente cuando la A99 se adentra entre pueblos cuyos nombres no me atrevo a pronunciar, como Thrumster, Ulbster y Lybster.

De vuelta a la A9, nos esperan casi 50 kilómetros de un litoral espectacular hasta llegar a Brora, donde vuelven a aparecer las carreteras de doble calzada y las rotondas a través de Tain e Invergordon. Nuestra ruta por las Tierras Altas llega a su fin al atravesar el estuario de Cromarty, junto a las fértiles llanuras de la península de Black Isle, de vuelta a Inverness. Con casi medio siglo a sus espaldas, nuestro Cosmo suma 800 kilómetros más a su currículo y, a excepción de algún “problemilla” para arrancar una fría mañana, no nos ha fallado ni una sola vez.

Aunque en algunos tramos el viaje haya sido un poco agitado y, como es de suponer, bastante más ruidoso que en un coche de hoy, este cupé deportivo único e inimitable nos ha dejado tan impresionados como la ruta NC500. Este itinerario por el norte escocés, que puede realizarse con un simple mapa y con el más convencional de los vehículos, nos ha llevado por una costa impresionante y por las montañas más imponentes de las islas británicas. A lo largo del camino no han faltado ocasiones para observar la naturaleza, monumentos históricos ni paisajes de órdago. Las Tierras Altas lo tienen todo. No les falta ni su propio poeta.

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