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Maserati GranTurismo MC Stradale Centennial: de Goodwood a Mónaco

Maserati GranTurismo MC Stradale Centennial: de Goodwood a Mónaco


Estamos en Goodwood, la localidad al norte de Londres donde cada año se celebra el célebre Festival of Speed. Pero llegamos algo tarde para el show porque hoy es lunes, y esta mañana el aire es húmedo y algo frío. Tras el fin de semana de fiesta aquí solo quedan algunos operarios desmontando carteles y chiringuitos. Nos hemos perdido el espectáculo de ver los coches subiendo por la cuesta entre armas de champán y gasolina quemada, y estamos aquí para recoger la nueva versión del GranTurismo, el MC Stradale Centennial. Unas horas antes formó parte del desfile de los supercoches, rugiendo y quemando rueda para el deleite del público asistente.

Este coche siempre es muy bien recibido por los aficionados a pesar de que su silueta es bastante conocida y lleva muchos años en el mercado. Y es que el GranTurismo es un coche esencialmente bello, con una línea sensual y atemporal creada en los estudios de Pininfarina, tremendamente elegante, que conecta con la mejor tradición del diseño italiano. Además luce el nuevo y precioso color Rosso Magna especial para esta versión.

La siguiente cita de “nuestro coche” con la fama y el glamour será en Mónaco, junto a John Elkann Agnelli y el trimarán que patrocina la marca italiana. Me comentan que el gran jefe de FCA es un gran amante de la navegación y que por tanto es un acto importante para él. La consigna está clara: disfruta el coche pero no fastidies el evento.

COMIENZA NUESTRO VIAJE

Estoy al volante de un Maserati con placas italianas, con pegatinas de Goodwood y algo manchado de barro. No creo que haya un tipo más cool que yo rodando por Europa en estos momentos. Y el hecho de mezclarme con el tráfico y la gente que va a trabajar el lunes por la mañana me reafirma en esa pretenciosa fantasía.

Debemos estar en Mónaco a las 15.30 del martes, lo que suena como un agradable viaje con mucho café y buenas comidas bajo el sol. Pero el fotógrafo pronto empieza a quejarse del funcionamiento del cambio. El MC Stradale y el Stradale Centennial –la mecánica es la misma en ambos, cambian colores y equipamiento– solo se vende en Europa con el cambio manual robotizado –sin pedal de embrague– tipo F1, como el que llevaban los Ferrari hace años. Si lo usas como si fuera un automático con convertidor de par, es un cambio que resulta brusco. Pero si lo usas de modo deportivo, cambiando con las levas y jugando con el acelerador, es rápido y emocionante.

Las otras versiones del GranTurismo pueden llevar el cambio ZF automático convencional, más cómodo, suave y burgués, pero el MC Stradale, no. Nuestra opinión es que, si quieres usar un GranTurismo a diario, el ZF es más interesante. Pero para una versión exótica y para entendidos como el MC Stradale, el cambio F1 tiene más gracia. En todo caso, un Maserati, y más este, siempre es algo especial.

Alguno nos ha dicho que los Ferrari y los Lamborghini son demasiado llamativos, los Porsche demasiado numerosos, y los McLaren demasiado fríos. En cambio los Maserati son máquinas con alma que te llegan al corazón. Todos los deportivos están diseñados científicamente para cortar el viento, pero la carrocería del Maserati parece diseñada en un estudio de artistas, no en un laboratorio de ingeniería. Además, el habitáculo está recubierto de un cuero precioso y grueso, perfectamente cosido y con brillantes piezas de fibra de carbono. Los asientos también son fantásticos, sujetan bien sin ser incómodos, y la suspensión es inesperadamente cómoda. Todo sucede plácidamente en nuestro camino hacia Borgoña, en el noreste de Francia.

MENSAJEROS DE CINCO ESTRELLAS

En las autopistas luchamos contra nuestras permanentes ganas de hundir el pie derecho y paramos periódicamente a repostar y a tomar algo. Al fin y al cabo somos unos transportistas de lujo, conductores que llevan un vehículo de un punto a otro. Me da por pensar que los viajes de Giovanni Soldini, el navegante del trimarán Multi70 de Maserati que vamos a ver en Mónaco, deben ser menos rutinarios que los nuestros. Investigo un poco sobre él y resulta que ha dado la vuelta al mundo en solitario dos veces. Y una vez, mientras lideraba una regata, se desvió 200 millas para
auxiliar a un rival cuya embarcación había volcado. Parece que no soy el tío más cool que rueda por Europa… Llega la hora de descansar y pasar la noche.

Si los que se hubieran encargado de reservar el hotel hubieran sido mis colegas de CAR, me hubiera enfrentado a un humilde hotel fórmula 1, con un recepcionista con pinta de degollarte durante la noche para llevarse mi Maserati. Pero no. Ha sido una cortesía de Maserati, de modo que tiene más estrellas que el Starlite de Marbella. Con unas copillas de Montrachet a mano discutimos el plan para el día siguiente. Lo normal es recorrer los 650 kilómetros por autopista a través de Avignon y por encima de Marsella hasta llegar a la Costa Azul. Eso serían menos de seis horas, de modo que podríamos salir del hotel a las 9.30…, y llegar terriblemente aburridos.

OPTAMOS POR LA OPCIÓN B

El plan alternativo comienza a tomar forma a partir de la tercera copa. Se trata de levantarnos extremadamente pronto y e ir hacia Mónaco por la Provenza, por colinas y carreteras de doble sentido. Muy fácil, pensamos con la cuarta copa. En realidad es un camino más corto, aunque más lento, y nos divertiremos más. A las 8 de la mañana del día siguiente estamos en un atasco en Lyon con casi 500 km por delante, y ya no estamos tan seguros de que nuestro plan B sea el adecuado. La idea de fastidiar el evento náutico me provoca sudores fríos.

El paisaje es muy bonito pero hay mucho tráfico, y dos horas después apenas hemos recorrido 80 kilómetros, de modo que el pavor comienza a atenazarme de nuevo. No hay otra opción, ha llegado el momento de aprovechar al máximo lo que este coche puede ofrecer.

No es uno de esos modernos biturbos con los que solo hay que pisar a fondo, que ofrecen muchísimo par a cualquier régimen, y con un cambio de doble embrague y ocho marchas con el que podría ir rápido hasta un mono. En el Maserati el par máximo (520 Nm) se obtiene a 4.750 rpm, y la potencia máxima (460 CV) a 7.000 rpm. Los desarrollos del cambio son más bien largos, para alcanzar una velocidad máxima de más de 300 km/h, de modo que nos concentramos para hacer los cambios en el momento perfecto y aprovechar al máximo las prestaciones.

Hay que recordar también que el MC Stradale lanzado en 2011 fue el primer Maserati que llevó un botón “Race”, además de “Auto” y “Sport”, para modificar la respuesta del motor –el GranTurismo S solo incorpora los pulsadores “Auto” y “Sport”–. En este último modo, tras pulsarlo y cuando se superan las 4.000 revoluciones por minuto, se abren las válvulas de derivación y el escape emite un bramido indescriptible que pone la piel de gallina.

“Nuestro” V8 de 4.7 litros produce una melodía llena de matices y rugidos variados, tan emocionante que es una razón de peso para comprar esta joya de colección. Pero es que si pulsamos el botón “Race” las válvulas están siempre abiertas, permitiendo disfrutar en todo momento de ese sonido intenso y desbordante, puro Ferrari. En esta posición el cambio tipo F1 nunca cambia solo, y cuando tiramos de la leva puede hacer el salto de una marcha a otra como un rayo, en solo 60 milisegundos –en “Sport” cambia en 100 milisegundos y en “Auto”, en 140–. Además, mientras se frena, se puede mantener presionada la leva izquierda, y el sistema bajará la marcha solo en el momento adecuado.

EXIGENTE PERO MUY SATISFACTORIO

Esta no es una conducción de PlayStation, sino que involucra y apasiona. En este ambiente desafiante el Centennial convence cada vez más, con esos frenos con discos cerámicos que nos detienen con fuerza y decisión y sin síntomas de agotamiento, tanto al final de las pendientes como cuando debemos decelerar bruscamente para no comernos la parte trasera de algún viejo Twingo. También fue inolvidable el recorrido alrededor del Lago de Sainte Croix, con ese sonido maravilloso y evocador que sale de los escapes rebotando en los muros de piedra.

La dirección  del GranTurismo es rápida, transmite y no requiere correcciones, mientras que el equilibrio general del coche, con su amplia distancia entre ejes, también es remarcable. La altura respecto al suelo es 10 mm inferior que en el resto de la gama, y en cualquier adelantamiento si eres generoso con el pie derecho, te pones a 180 km/h. Pero no es ridículamente rápido ni brutalmente ruidoso, y tampoco te agita de una forma ostentosa. Simplemente es inmensamente elegante a la hora de llevarte a toda velocidad.

Sobre las 14.30 una moto se pica con nosotros rodando por la ruta Napoleón, pero no consigue abrir hueco. Tras veinte minutos él empieza a tomárselo con calma pero nosotros no podemos, tenemos que seguir. Tras el Col de Vence descansamos un poco, conscientes de que estamos a 45 minutos del objetivo. El GranTurismo emite esos típicos ruidillos metálicos que hacen los deportivos tras ser sometidos a un esfuerzo intenso.

Al final llegamos a Mónaco a tiempo, aunque tuvieron que darse prisa para darle un buen lavado al coche. El GranTurismo puede ser a veces excéntrico e imperfecto, pero también tiene mucha alma. Lleva tiempo descubrir todos sus talentos, pero cuando lo haces, es algo mágico.


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