Con un Caterham en la Toyo Tyres Turnpike, la “colina del miedo” de Japón

Con un Caterham en la Toyo Tyres Turnpike, la “colina del miedo” de Japón

El primer coche que nos encontramos es un Ferrari F40. Perfecto, definitivamente estamos en el lugar correcto. Su dueño está sentado en un banco cercano, un educado caballero japonés, tal vez de unos 40 años. Parece que está relajado después de una rápida y hábil conducción por nuestra famosa carretera. También vemos un Mitsubishi Evo, una Ducati y un par de Impreza… Aún así, la calma y la niebla son la nota dominante. Parece como si hubiésemos muerto y estuviésemos en el cielo, en un día tranquilo en medio de la semana.

Por un momento nos preguntamos si hemos aparecido en el coche equivocado. Nuestro Caterham plata parece un juguete en esta empresa. Caminamos entre Ferrari, vemos un Honda NSX dando la vuelta para volver a bajar la colina… Tal vez deberíamos haber llegado en un Lexus LFA, o un Nissan GT-R. Pero no, espera, el propietario del Ferrari se ha levantado de su banco, y ahora él se acerca a mirar nuestro humilde Seven. Es como si estuviera haciéndonos una reverencia. Su interés no es ninguna sorpresa para Justin Gardiner, el importador de Caterham en Japón, quien nos ha prestado este Seven Roadsport 125 y que nos acompaña en esta aventura. “Entre estos entusiastas no va a encontrar a nadie que no quiera un Caterham Seven o un Lotus Elise. Les encanta la identidad británica, el rendimiento a través de la simplificación mecánica y la ligereza. Pueden tener un Impreza o un NSX, pero también quieren uno de estos”.

Es el momento de salir a la carretera, y averiguar qué atrae a estos entusiastas a 160 km al sur de Tokio. La Toyo Tires Turnpike –en 2007 la marca de neumáticos compró los derechos del nombre– fue construida en los años sesenta como una atracción turística, un hermoso recorrido que fluye a través de las colinas cerca de la famosa ciudad de las aguas termales de Hakone, con una impresionante vista del monte Fuji –a unos de 25 km– desde la parte superior. Con el tiempo se desarrolló una reputación como un lugar para los entusiastas del automóvil, a pesar de que en algunos tramos su límite de velocidad es de 30 km/h.

Es hora de caer mil metros hasta el Océano Pacífico. Aunque primero nos dejamos caer un metro hasta el asiento. Ajustado, estrecho y expuesto… todavía no hay nada en el mundo como un Seven. Nuestro Caterham está equipado con un motor Ford Sigma de 1.6 litros y 125 CV. Este modelo ha sido el mejor vendido de Justin en los últimos años – vende unos cinco coches al mes. Nos lanzamos cuesta abajo, disfrutando de una dirección super sensible, con un cambio manual de 5 velocidades de recorridos cortos y precisos, que se puede gestionar con un parpadeo de muñeca. Mientras conducimos, tratamos de memorizar las curvas, preguntando si podemos voltearlas en nuestra mente y revertir el orden… Estamos listos para la ascensión.

Volvemos a pagar el peaje, unos 5 euros al cambio, lo que equivale a 60 céntimos por kilómetro –la vuelta a Nürburgring cuesta unos 26 euros; 1,70 €/km–. Antes de salir le preguntamos a Justin si la gente compara sus récords personales. “Todo el mundo conoce su mejor tiempo, pero no lo cuentan y, desde luego, no lo anuncian en Internet. Recuerda que la velocidad está limitada y, a veces, tenemos que cumplir las normas. No obstante, cualquier cosa dentro de 8 minutos esta bien”. Con 14 kilometros de distancia, un tiempo de siete minutos y medio necesita un promedio de más de 111 km/h, una cifra más que considerable para este trazado.

Pisamos a fondo y salimos disparados. Dejamos de inmediato el límite de velocidad y giramos al máximo, como un flojo tapacubos que se suelta en plena autopista. A pesar de tener solo 125 CV, este Caterham no se queda atrás, y escala la colina como una burbuja en una manguera de alta presión. El camino comienza con algunos barridos planos hacia fuera que te llevan a ver demasiado cerca los frondosos árboles sobresalientes. El Seven sale a tope, generando mucho ruido. Alcanzamos rápidamente el primer puente, el Goshonoiri, y apenas tenemos un instante para mirar hacia el océano. Justo después del puente hay un parking, a continuación, una pequeña recta con hermosos árboles.

Es un lugar famoso porque es el sitio donde todas las revistas de automóviles de Japón suelen hacer sus sesiones fotográficas. Pero ahora no tenemos tiempo para fotos y no nos detenemos. Subimos a buen ritmo y con los tubos de escape a todo volumen. Los cerezos que nos rodean nos devuelven a los típicos juegos de Arcade japonés de los años noventa, como en Namco Ridge Racer o en Sega Rally. Es entonces cuando el camino se divide en dos carriles, y nos abalanzamos sobre la derecha, dibujando una precisa trazada con un sutil toque de volante y un pequeño movimiento de las ruedas.

Ahora las curvas se cierran bastante más, pero los radios siguen siendo preciosos, claramente establecidos por un ingeniero que quería que los conductores se divirtieran. La mayor parte del tiempo hemos ido con el pie a fondo, pero ahora las curvas son más largas y un poco ciegas, así que bajamos una marcha. Todo sucede muy deprisa y sin apenas margen de descanso. Un giro a izquierdas que parece no tener fin… derecha, izquierda… Como un gran meandro de asfalto que escalada a través de los árboles.

De repente llegamos a una cresta, con pequeñas e inesperadas cuestas abajo. Un par de aberturas en los árboles revelan amplias vistas, realmente se parece a Nürburgring. Y de repente nos encontramos en la parte superior. Llegamos al aparcamiento superior y nos sentimos como cuando el tren de la montaña rusa regresa a su estación. El túnel de la transmisión está caliente contra mi pierna y el zumbido del ventilador no cesa. Buscamos al propietario del Ferrari para compartir nuestro momento de euforia, pero él se ha ido, así que aparco y me siento en un banco, admirando el Seven. Seis mil kilómetros son demasiado para venir cada semana, pero si viviéramos en Tokio o Yokohama, vendríamos a menudo. ¿Y nuestro tiempo? Sabíamos que nos lo iban a preguntar, pero no vamos a divulgarlo. Es lo que los japoneses llaman la virtud kenkyo, que viene a ser como la modestia y la humildad. No obstante, el Caterham no nos deshonró. 

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